Columna Libertad


LEGISLAR NO ES LO MISMO QUE GOBERNAR

Luis Di Mare - ANFE

Friedrich Hayek, Premio Nobel de Economía, uno de los más grandes pensadores del Siglo 20, decía que en toda sociedad existe LA LEY (en mayúsculas) que se respeta, que aparece espontáneamente, que nadie ha escrito. En la antigüedad se solía pensar que LA LEY, que existía, debía descubrirse, y no dictarse. Según Hayek esto cambió mucho en los tiempos modernos, cuando se hizo de común aceptación el que los congresos pueden crear LA LEY.

Hayek criticaba que en el mundo moderno los congresos se convertieron en poderes supremos, cuando en realidad el poder supremo es la opinión pública. Criticaba además que en el mundo moderno se confunde gobernar con legislar. Hayek llamaba gobernar a tareas como asignar presupuestos, hacer nombramientos, decidir qué se hace, cómo, cuándo y dónde. Por ejemplo, cuando en un congreso se negocia construir un camino allá a cambio de un polideportivo acá, se está gobernando. Pero Hayek criticaba el que en los congresos modernos este proceso de “si vos me das esto, yo te doy esto”, adecuado para gobernar, se usa también para legislar, para establecer normas universales que todos estamos obligados a respetar.

Es usual que un grupo de presión trate de aprobar una legislación que limite la libertad de otro grupo para obtener algún beneficio: Desde tiempos remotos, gremios han dificultado el ejercicio de las profesiones exigiendo requisitos, permisos, exámenes, patentes, para disminuir la competencia. Presiones de los productores para impedir el ingreso de productos extranjeros baratos aparecen por doquier en la historia.

Demasiadas veces los congresos fallan en reflejar la opinión pública, ya que los congresistas votan tratando de seguir el mandato de quienes los llevaron al poder, pero también votan según su conciencia, y no es inusual que una ley que la ciudadanía rechazaría en votación popular, sea aprobada por un congreso. Pero cuando en los congresos se pactan acuerdos de aprobar una legislación a cambio de otra, resultan legislaciones que a ninguna mente humana se le ocurriría proponer por sí solas.

Por eso creo que el referendo, el que la ciudadanía pueda proponer y votar las leyes, es muy deseable en las democracias, porque suple esa enorme dificultad de los congresos de representar adecuadamente la opinión popular, porque ayuda a que las leyes que se aprueben sean leyes que reflejan un consenso que existe en la sociedad, y porque limita a los grupos de presión.

Pero es muy importante establecer que únicamente una parte importante del electorado pueda convertir un proyecto de ley en Ley de la República. Si por ejemplo establecemos que un 1% del voto popular convierte a un proyecto en ley, aparecerán cientos de leyes, muchas de ellas contradictorias entre sí, y el referendo en vez de ayudarnos a que tengamos unas pocas leyes de consenso, nos llevaría a una pesadilla de innumerables leyes que existen únicamente para el beneficio de unos pocos. Tal vez nos sirva de guía el que el sanguinario partido nazi de Alemania, cuya alta votación se usa para resaltar los defectos de la Democracia, jamás logró, en elecciones libres, alcanzar un 40% del voto popular.


Publicada originalmente en el "Diario Extra" de San José, Costa Rica