Columna Libertad
|
DEL AMOR AL ODIO SOLO HAY UN PASO Luis Di Mare - ANFE En la historia de la humanidad, incontables veces ha bastado un paso para ir del amor a un gobierno al odio y la rebelión. Y ese paso ha sido la instauración de impuestos opresivos. En la primera república romana se necesitaban pocos impuestos: La defensa, el rubro más costoso, estaba a cargo de ciudadanos voluntarios, que hasta proveían su propio equipo y uniforme. Este espíritu patriótico producía una fuerza de combate magnífica, que derrotó a todos los que se le opusieron y convirtió a Roma en el centro del mundo civilizado. Este espíritu de voluntariado se veía en todos los oficios públicos, hasta los magistrados servían a la ciudad sin pago, no se necesitaban altos impuestos. Pero Diocleciano, 800 años después, en un imperio que colapsaba debido a la inflación, centralizó el estado y aumentó fuertemente los impuestos, convirtiendo a Roma en un estado totalitario. Los ciudadanos romanos, depués de 800 años, perdieron sus libertades. Los impuestos eran tan exorbitantes, que los agricultores preferían abandonar sus campos a pagar impuestos. Los recaudadores de impuestos eran simples verdugos con "licencia para matar" a los evasores. Al final del imperio, los ciudadanos ricos, corrompiendo a los recaudadores, dejaron de pagar sus impuestos, y fueron creando pequeños estados centrados en sus lujosas mansiones: Era el inicio del feudalismo. No es de extrañar que en el año 476 un bárbaro llamado Odovacar ocupara la otrora poderosa Roma, que ni tenía dinero para defenderse, ni quien la defendiera: El amor a la república se había convertido en odio a ese imperio despótico, y el paso determinante habían sido los altos impuestos de Diocleciano, que necesitaron de un estado totalitario para ser recaudados. Es poco el espacio y quisiera hablar sobre la infinidad de regímenes despóticos que saqueron a sus pueblos con impuestos opresivos, pero prefiero hablar de una reina que ganó el amor de su pueblo, como tal vez ninguna otra: Isabel 1era de Inglaterra. Isabel heredó un estado quebrado por las deudas de su padre Enrique VIII, deudas que le tomó 15 años pagar. Nunca exigió impuestos, decía que aceptaba de su pueblo la cantidad de dinero que le dieran y que ella acomodaría sus gastos. Y con esa política, no solamente logró eliminar su colosal faltante (déficit), sino que tuvo dinero para prestar a los holandeses y a los franceses, enemigos de los españoles. El evento más notable de su reinado fue cuando se apoderó de un galeón español, enfureciendo al emperador de España, que organizó la más grande flota de todos los tiempos, "La Gran Armada", para arremeter contra "esa mujer" que se le oponía. Isabel fue al parlamento a pedir impuestos para la defensa. Los impuestos que obtuvo se recogieron en dos meses en lugar de los dos años usuales y la ayuda voluntaria fue sin precedentes y la "Gran armada" española fue derrotada, en una derrota que marcó el fin de España como superpotencia mundial. Isabel era una mujer más sabia que cualquier rey europeo y más hábil que cualquier hombre inglés. Hacia el final de su reino, con su tesoro mermado, dijo "terminaré como empecé, con el amor de mi pueblo". Cuando se le ofrecieron más impuestos, dijo: "Prefiero que el dinero esté en los bolsillos de mi pueblo, que en las arcas de mi tesoro". En su último discurso ante el parlamento, poco antes de morir, dijo: "La gloria de mi corona, es que he reinado con el amor de ustedes". Isabel 1era fue patrona de las artes, de la pintura, y de la poesía. Odiaba la guerra. Decía que llevaba gloria para los gobernantes, pero muerte y duelo al pueblo. La Inglaterra que dejó Isabel 1era se convirtió poco después en la superpotencia del mundo, dejando una magnífica lección de lo que puede lograr un gobernante con bajos impuestos, preocupado por el bienestar de su pueblo, y no por la gloria de la conquista. |
Publicada originalmente en el "Diario Extra" de San José, Costa Rica