Columna Libertad


LA EDUCACIÓN Y EL DISCURSO DEL PRESIDENTE

Randall Arias S.
Director Ejecutivo ANFE

Ha generado una gran polémica el discurso pronunciado por el Presidente de la República en la Cumbre de Presidentes realizada en Monterrey, México, en la cual tuvo que improvisar debido a una variación de última hora de la agenda de la reunión. Sin embargo, esto no es excusa válida para que sus asesores no le colaboraran correctamente para que el estilo del discurso, así como algunas afirmaciones, estuvieran acordes con el contexto en que se dio y tuvieran el suficiente fundamento.

A pesar de esto, en el fondo mucho de lo que dijo el Presidente es acertado, especialmente en cuanto a los problemas que atraviesa la educación en nuestra región. Costa Rica no escapa, en lo absoluto, a esta problemática. Ya se han discutido ampliamente los problemas de la educación primaria y secundaria, lo cual se refleja claramente en los niveles de reprobación de las pruebas nacionales de bachillerato del año anterior, cuyo punto culminante es la gran cantidad de preguntas que el Ministro de Educación reconoció que contenían errores en su formulación. Esto, aunado a los altos índices de deserción de estudiantes del colegio, de los cuales casi la mitad lo hacen para trabajar.

Lo anterior tiene muchas y profundas causas. Sin embargo, al recordar la larga huelga de educadores del año anterior, por motivos injustificados, pareciera que las víctimas del sistema educativo actual son los estudiantes. Tanto educadores como autoridades educativas tienen la principal responsabilidad de esta situación, ya que parece que luchan por intereses personales o no cumplen su obligación de dirigir un proceso de enseñanza-aprendizaje adecuado. La preocupación parece residir en qué se enseña y por cuánto tiempo, en lugar de pensar cómo se debe enseñar y, lo más importante, cómo lograr que los estudiantes sean capaces de aprender adecuadamente. No es lo que se enseña lo más importante, sino lo que se aprende. Y ahí está el principal problema.

Es cierto, como señala el presidente Pacheco, aunque de una forma impropia para su investidura, que nuestro sistema educativo no se ha preocupado por propiciar una visión empresarial en los estudiantes. Esto se debe, sin lugar a dudas, a nuestros modelos de desarrollo de corte socialista que han visto en la iniciativa individual y la libertad de empresa algo malo, cuando es precisamente todo lo contrario. Lo paradójico es que la mitad de quienes abandonan la educación del tercer ciclo lo hacen para trabajar, para incorporarse muy temprano al mercado laboral, porque ocupan generar ingresos para poder financiar sus estudios.

Es necesario un sistema educativo que efectivamente promueva, a la par de los valores tradicionales del humanismo, una adecuada visión empresarial en los estudiantes, que les permita tener las herramientas mínimas para que, una vez concluida la secundaria, se puedan insertar fácil y productivamente a nuestra economía. Tengamos en cuenta que muchos jóvenes no pueden tener acceso a la educación superior o simplemente deciden no hacerlo. Hoy en día el conocimiento y las herramientas que les ofrece el sistema de educación, especialmente el público, no los habilita par alcanzar un adecuado nivel de vida, acorde con el sacrificio hecho durante al menos once años.

Quizás cuando estas inquietudes del Presidente de la República se hagan una realidad, no se deba insistir tanto en las virtudes del libre comercio y de la economía de mercado. Probablemente los jóvenes entenderán que, por ejemplo, la exclusión de productos de TLC con los Estados Unidos (como el arroz), lejos de ser bueno para nuestro país en su conjunto, más bien nos afecta a la gran mayoría, principalmente la pobre, y solamente beneficia a unos pocos privilegiados. Que romper monopolios es bueno, porque nos garantiza el derecho a escoger libremente a quién contratar bienes y servicios, según nos convenga. El reto no es transformar el sistema educativo simplemente para tener más empresarios. Es modificarlo para formar ciudadanos responsables, humanistas, que aprecien y practiquen los valores democráticos, y que además entiendan las virtudes de la libertad, especialmente la económica. Es sentar las bases de una sociedad libre y próspera.