Columna Libertad


DISMINUCIÓN DE LA POBREZA Y LIBERTAD

Randall Arias S.
Director Ejecutivo ANFE

La semana pasada el país celebró una gran noticia: la pobreza disminuyó en un 2% y el índice de concentración de la pobreza también fue menor. Según la última encuesta de hogares del INEC, el porcentaje de familias pobres es ahora de 18,5% en lugar del 20,6% del año anterior. Esto significa que 4.500 familias más pueden satisfacer sus necesidades básica (adquirir la canasta básica). Sin embargo, aún quedan 169.000 familias que no pueden tan siquiera cubrir esas necesidades básicas. Y éstas familias pobres son proporcionalmente más en las zonas rurales, especialmente en la región Brunca.

Si bien es cierto aún un 18,5% de pobreza es muy alto, lo importante es que por primera vez en una década se logra disminuirla, lo cual parecía una tarea muy difícil de alcanzar. Aunque el Gobierno actual tiene algún mérito en este logro, lo cierto es que la lucha contra la pobreza es una batalla de largo plazo, es estructural y lleva en nuestro país dos décadas. No se disminuye de la noche a la mañana. Requiere el esfuerzo concertado de los actores e instituciones de la sociedad, especialmente del sector privado, con un adecuado y limitado papel facilitador de las condiciones para ello por parte del Estado.

Esta noticia es muy importante además, porque algunos sectores de tendencia socialista han venido sosteniendo con insistencia que el exitoso modelo de liberalización de la economía que se inició en Costa Rica desde mediados de la década de los ochentas, había aumentado la pobreza y la concentración de la riqueza. Con respecto a la pobreza, es claro que esta ha disminuido desde más de un 30% a principios de los noventas a un 18% en el 2003. Casi la mitad. Pero aún falta mucho por avanzar. Lo importante es no perder el rumbo correcto, y no dejarse engañar por quienes sueñan seguir los modelos de fracaso económico y violación de los derechos humanos de la extinta Unión Soviética, o de Cuba y Venezuela en la actualidad.

El principal reto es, sin lugar a dudas, la concentración de la riqueza, medida por el coeficiente de Gini. Si bien para el 2003 disminuyó, lo cual significa que la diferencia (desigualdad) entre el dinero que obtienen los más ricos con respecto a los más pobres es un poco menor, aún sigue siendo alta. Lo importante en este campo es que no sólo se detuvo la tendencia creciente de desigualdad de los últimos 3 años, sino que se logró disminuirla. Aquí deberían concentrarse los esfuerzos, especialmente en materia educativa, que es el canal por excelencia para la generación de riqueza, siempre y cuando vaya complementada de libertad económica y un adecuado clima institucional para el desarrollo empresarial. Eso sí debe ser una educación verdaderamente democratizadora en primaría y secundaria, sin una educación superior estatal para élites económicas.

Si bien no se puede afirmar con certeza que estos logros se deben exclusivamente al modelo de liberalización económica que nuestro país ha implementado con mucho éxito durante las dos últimas décadas, lo cierto es que no se puede negar, por más mezquino o dogmático que alguien sea, que está en estrecha relación con esas medidas. La experiencia mundial demuestra que conforme se profundice esa apertura y liberalización de la economía, el Gobierno intervenga menos con la iniciativa privada, se respete la propiedad privada y se hagan valer los contratos, la riqueza de las naciones aumenta. Ese es el camino que la historia de los países exitosos (prósperos) nos demuestra que se debe seguir.

De cara a la negociación del Tratado de Comercio con los Estados Unidos y la necesaria apertura al menos en telecomunicaciones y seguros, es urgente aprovechar la oportunidad histórica que tenemos hoy para aumentar el empleo y la riqueza con más inversión extranjera, más competencia, y más beneficios para los consumidores con productos más baratos y de mayor calidad.