Columna Libertad
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PARADOJAS DE LA DEMOCRACIA (II): A PROPOSITO DE LA GUERRA Randall Arias S. En la columna anterior me referí al desafío que para la democracia liberal representa lograr una creciente participación ciudadana, sin quebrantar los mecanismos de representación legítimos. Para hoy había previsto referirme al caso de la Comisión Mixta que conocerá el Proyecto denominado de Modernización y Fortalecimiento del ICE. Sin embargo, tristemente, inició la previsible guerra de Estados Unidos e Inglaterra contra Irak, la cual también demuestra otras paradojas de la democracia. Hablaremos del tema del ICE, entonces, luego. Ya habíamos apuntado el repudio que cualquier amante de la libertad debe sentir por el régimen dictatorial y sanguinario de Saddam Hussein. Ciertamente es un personaje repugnante en la historia de la humanidad. Sin embargo, habíamos apuntado que creemos en las vías multilaterales que ha ido construyendo con mucho esfuerzo la comunidad internacional. La ONU es, en ese sentido, el órgano central de todo el sistema. Aunque muchas veces ha sido inoperante, y talvés en este caso de Irak igualmente, hubiera sido más conveniente para la paz mundial de largo plazo insistir en la vía diplomática. Qué lecciones deja esta guerra para la democracia liberal? Una de las más importantes es ver la distancia que suele haber entre lo que desea la mayoría de la población de un país y lo que hacen sus gobernantes. La mayoría de los ingleses y españoles están en contra de la guerra, y sin embargo, sus líderes políticos encabezaron, junto a los Estados Unidos, la decisión de separarse del camino de la ONU. Los estadounidenses hasta hace poco tiempo estaban a favor de atacar a Irak pero con la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Luego de la fuerte campaña para separase de ese camino, por parte del Gobierno y las principales cadenas de noticias de ese país, ahora están a favor de esta guerra en una relación de dos a uno. Pareciera que en Occidente la mayoría de las personas, si no de los Gobiernos, están en contra de la guerra sin el respaldo de las Naciones Unidas. Aún en dos de los tres países que la han liderado. Algo similar sucede con nuestro país, con una larga, profunda y reconocida trayectoria de paz basada en la solidez moral de no contar con un ejército por más de medio siglo. A pesar de ello, desafortunadamente el Presidente de la República se ha alejado de esa historia y de lo que opinamos la mayoría de los costarricenses. Qué pasa entonces con la democracia liberal? La respuesta es sencilla, aunque insatisfactoria. Aunque virtuosa en muchos campos, como el respeto a los derechos fundamentales, es muy limitada en cuanto a reflejar en las decisiones de Gobierno el deseo de la mayoría de la población. Uno de sus principales problemas es que, principalmente en regímenes presidencialistas como el nuestro, otorga un "cheque en blanco" a los gobernantes durante varios años para que actúen según lo prometido y esperado en las campañas políticas. Qué pasa si no lo cumplen o si surgen temas no previstos como éste y no se sigue el clamor popular? En un régimen presidencialista típico nada. De ahí proviene gran parte de la crisis de legitimidad de las democracias liberales. Sin embargo, aunque parece que tiene razón de ser, no lo es completamente. Imagínemos que se someta a consulta popular, por ejemplo, si se quieren pagar o no los tributos. Muy probablemente la gran mayoría no estarían de acuerdo. Y entonces, qué pasaría con el Estado y el financiamiento de sus actividades? Significaría simplemente su desaparación. O sea, que la democracia, para su propia sobrevivencia debe limitar en algunos casos, los menos, la decisión popular, porque atentaría contra su propia existencia. Un ejemplo podría ser el caso de Venezuela, cuyo Presidente Cháves llegó al poder y ha contado con un amplio apoyo popular, y no es sino una total amenaza a la democracia liberal y a sus valores que la originaron, como es el respeto a los derechos humanos. Se equivocó el pueblo venezolano? Por supuesto que sí! Es paradójica la democracia. Sin embargo, es el mejor sistema para regular las relaciones sociales, principalmente porque reconoce y respeta, a diferencia de otros sistemas políticos e inclusive democracias con otros apellidos, como la socialista, la libertad de los individuos, con el conjunto de derechos a ella asociados. Ello no significa que no pueda mejorarse. Para nuestro país, una solución viable es movernos hacia un régimen al menos semiparlamentario. Sobre esto también volveremos. |