Columna Libertad


POLITICA EDUCATIVA

Randall Arias S.
Director Ejecutivo ANFE

El último pronunciamiento de la Sala Constitucional en virtud de la solicitud de adición y dimensionamiento presentada por la Ministra de Educación, parece ponerle, si no un punto final, sí un punto y aparte al triste tema de los 200 días lectivos. El capítulo que sigue es el necesario: cumplir bien con ese imperativo no sólo legal, sino moral. Si bien es cierto compartimos con el Gobierno la preocupación por la sanidad fiscal, esto no puede hacerse afectando lo que permitirá convertirnos algún día en un país integralmente desarrollado: la educación. La calidad de vida de la población está completamente vinculada con la calidad de la educación. Y para lograrla, es fundamental contar con una Política Educativa. Política en el sentido platónico de arte o ciencia de gobernar.

Esperamos que, al menos por ahora, se cierre este desafortunado capítulo en nuestra historia educativa. Capítulo que por cierto, no ha sido escrito solamente por esta Administración, sino que tiene bastantes años. Solamente he escuchado a unas muy pocas personas plantear el problema de los 200 días desde su raíz: por qué si nuestro país se comprometió con esa meta por medio del Convenio Centroamericano que hoy la Sala Constitucional resucita, se incumplió durante tantos años? Por qué tuvimos que esperar hasta el final de la Administración Figueres y luego la Rodríguez para hacer cumplir esa obligación? Y por qué ha costado tanto?

Muy acertado lo dicho por el Consejo Nacional de Rectores, al señalar que si bien los 200 días son un simple indicador cuantitativo, también constituyen una dimensión fundamental para la calidad de la educación. En un foro realizado en 1984 por ANFE para perfilar un Modelo Educativo en Costa Rica, se identificaban los siguientes problemas en nuestra educación: un énfasis mayor en cómo enseñar (pedagogismo) que en los contenidos de los programas, falta de un ideal formativo, muy baja capacidad de razonamiento abstracto, pésima calidad del lenguaje, manifiesta pobreza de conocimientos generales, educación paternalista, desprecio por la disciplina académica, déficit en el doble propósito de la educación de educar y transmitir conocimientos (instruir), así como un afán planificador centralista. Quién podría dudar que este diagnóstico de casi 20 años atrás no se aplica con pasmosa facilidad a nuestra realidad actual?

Se señalaba en aquél momento cómo en la Ley General de Educación de 1876 se establecían un conjunto de contenidos que superan, por cantidad y calidad, a los actuales: historia antigua, francés, geografía, álgebra, historia de la edad media, mineralogía, dibujo lineal, geometría, inglés, física, química, geología y francés, historia contemporánea y de América, trigonometría y topografía, química, agricultura, cosmografía y tecnología industrial, por citar sólo algunos. Y se reflexionaba que al ver tal amplitud de contenidos en esa época, se podía entender por qué no tuvimos durante tanto tiempo Universidades, ya que se veían mayores y mejores contenidos en primaria y secundaria que lo que entonces y actualmente se da, en ocasiones, a nivel universitario. Y aún así continúan cuestionándose si hace falta aumentar los días lectivos, o mejor dicho, las horas lectivas? Por supuesto que sí hace falta! Y urgentemente! Eso sí, bien hecho.

El reto pendiente ahora es conseguir los recursos económicos sanos para financiar el "incentivo" salarial tan desproporcionado que se le concedió a los educadores. En medio de una crisis fiscal estructural y en un correcto marco de contención del gasto público, esperamos que el debate se centre ya no en si se deben cumplir o no los 200 días, sino más bien en reflexionar acerca de la "justicia" de ese "incentivo". Y principalmente, lo más urgente: definir una verdadera Política Educativa, que permita contar con personas críticas, cultas, educadas, capaces de discutir y reflexionar la realidad nacional e internacional, y que sean el motor que nos lleve, algún día, a convertirnos en una sociedad con los más altos niveles de desarrollo humano. Ese es el arte de gobernar.