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Asociación Nacional de Fomento Económico ANFE Boletín Junio del 2009 Mensaje de la Presidencia de ANFE Con motivo del fallecimiento de Ralf Dahrendorf - Wolfgang Gerhardt Los liberales y la calle - Justo Serna Las elecciones no bastan- Ralf Dahrendorf Propuesta de políticas de desarrollo-César A.Jaramillo Gallego De Chavez, Cedice y mi cachucha de Globovisión- Roberto Brenez Pérez Como acabar con la infación sin morir en el intento- José Joaquín Fernández ¿Somos todos Keynesianos?- Ennio Rodríguez Céspedes El gran diálogo- Kevin Casas Zamora Maestro del racionalismo liberal- Eduardo Ulibarri Bilbao
MENSAJE DE LA PRESIDENCIA DE ANFE El foro realizado el pasado 30 de junio, en que se presentó al público el libro de ANFE “Lecciones de Tres Grandes Crisis Financieras”, obtuvo la mayor asistencia de la historia de los foros que hemos venido realizando durante los dos últimos años. Cerca de 50 personas abarrotaron el salón de nuestra institución, lo cual sin duda que hizo que nuestro corazón se viera henchido de gozo y de satisfacción dadas las luchas que hemos venido llevando a cabo en defensa de la libertad. Este libro está a la venta en ANFE (¢2.000) y su adquisición –por ejemplo para obsequiarlo a alguna persona amiga- nos ayuda a redoblar nuestros esfuerzos. Asimismo, desde ya me complace anunciarles que el próximo jueves 30 de julio estaremos realizando el seminario “Análisis de la Crisis Mundial”, en el cual el orador principal será el Doctor Ricardo López Murphy, economista, ex Ministro de Economía y de Defensa de Argentina y quien fuera candidato a la presidencia de su país. En él doctor López se conjunta una gran habilidad oratoria con una excelente formación como economista en la Universidad de Chicago, además de una vasta experiencia como escritor, profesor universitario y político liberal. El tema de la exposición del Dr. López Murphy es una respuesta a la pregunta “¿Es la crisis económica actual el fracaso del liberalismo?”, que sin duda es un inquietud que hemos visto presente en diferentes formas y medios y sobre lo cual los liberales somos los primeros capacitados para responderla adecuadamente. No hay duda que el asunto es trascendental y la exposición del Dr. López será complementada por la opinión que sobre éste tienen tres estudiosos costarricenses, el Dr. Eduardo Lizano Faith, el Dr. Ennio Rodríguez Céspedes y este servidor. Oportunamente les estaremos brindando detalles de esta actividad que en principio se realizaría en la fecha arriba indicada, en el Hotel Radisson de 4 a 7 y quince de la noche, una vez más gracias al apoyo de la Fundación Naumann para la Libertad y la Red Liberal para América Latina (RELIAL). Otra buena noticia que deseamos comunicarles es que ya está en imprenta la edición del libro “Políticamente Incorrecto”, el cual recoge las columnas de ANFE que todos los martes escribe nuestro colaborador don Carlos Federico Smith en el periódico La Extra, escritas desde enero del 2008 hasta el mismo mes del 2009, y que también recopila sus escritos en la Columna Libre del Boletín de ANFE durante el período enero del 2007 hasta marzo del 2009. Este boletín incorpora su columna usual “Pensamientos de Liberales”, a la cual le sigue la Columna Libre escrita por don Carlos Federico Smith, que es la segunda parte de su anterior columna “La Crisis como un Fracaso del Mercado.” Asimismo, dado el fallecimiento del destacado pensador liberal Ralf Dahrendorf, quien fuera presidente de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad, tenemos los siguientes artículos: un comunicado de la Fundación que hoy preside el Dr. Wolfgang Gerhardt en que nos da a conocer tan triste desenlace; un segundo artículo del académico Justo Serna, quien comenta un reciente artículo de Dahrendorf y finalmente de éste, su ensayo “La elecciones no bastan” el cual es premonitorio de un fenómeno político que hoy afecta con particular intensidad a la democracia en naciones latinoamericanas, y que él escribiera en el 2005. Uno de los puntos en que Dahrendorf siempre insistió y al cual se refiere Serna es que, en opinión de aquél, “hemos de crear instituciones. A los liberales podrá sorprenderles esta máxima, pero lo cierto es que la libertad sólo es real si cuenta con una base institucional”, con “instituciones que encaucen los antagonismos existentes.” De aquí que en ANFE hemos establecido un fuerte ligamen en defensa de la libertad con la Fundación Naumann para la Libertad, que presidiera el profesor Dahrendorf. Este boletín contiene un interesante artículo de nuestro asociado César Jaramillo, que lleva por título “Propuesta de Políticas de Desarrollo Nacional de Largo Plazo para Costa Rica”, así como uno de nuestro compatriota Roberto Brenes Pérez, quien preside la Fundación Libertad de Panamá, el cual lleva por nombre “De Chávez, CEDICE y mi Cachucha de Globovisión”, en el cual narra experiencias personales de su reciente visita a Venezuela, en ocasión de la celebración del 25 aniversario de la fundación de CEDICE, organización hermana venezolana. También se reproducen una conferencia reciente que diera el economista José Joaquín Fernández del Instituto Libertad “Cómo acabar con la inflación, sin morir en el intento” ante la Academia de Centro América, al igual que tres interesantes artículos, uno del economista Ennio Rodríguez Pérez publicado en La Nación del 5 de junio del 2009, el cual lleva por nombre “¿Somos Todos Keynesianos?, otro del politólogo Kevin Casas Zamora titulado “El Gran Diálogo”, también aparecido en ese mismo medio el pasado 9 de junio y un tercero del periodista Eduardo Ulibarri Bilbao, quien rinde un homenaje al pensador liberal Isaiah Berlin, quien recientemente cumplió un centenario de su nacimiento. Este último artículo apareció en La Nación del 19 de junio con el título “Maestro del racionalismo liberal”. Recomiendo la lectura de estos ensayos.
Jorge Corrales Quesada Presidente de ANFE
PENSAMIENTOS DE LIBERALES
“Son tres las tareas que se presentan ante los liberales de este fin de siglo. En primer lugar, importa mucho que los liberales no se adormezcan con los efluvios del incensario y sigan pensando en por qué están equivocados quienes postulan una inevitable y definitiva victoria del capitalismo liberal. En segundo término, es indispensable que sigan pasando por el tamiz las ideas socialistas, que quizá no están muertas, sino sólo adormecidas. Y tercero, también es esencial que tomen en serio a quienes rechazan la democracia capitalista en nombre de una ética humanista, porque hay que atender a quienes la temen por su carácter disolvente de la sociedad tradicional. La libertad siempre está en peligro: los que la creen inevitable bajan la guardia; los que la creen inhumana buscan dividirla o detenerla.” (Pedro Schwartz, “Razones y Dudas del Neoliberalismo,” en Nuevos Ensayos Liberales, Madrid. Editorial Espasa Calpe, S. A., 1998, p. 219. Este ensayo fue originalmente publicado en Isegoría, Revista de Filosofía Moral y Política, No. 9, abril de 1994). “La gente cree… que los liberales perseguimos la destrucción del Estado. Muy al contrario… el liberalismo como programa político es un programa estatal y público. Nosotros no nos ocupamos del individuo, que sabe lo que quiere, que lleva su propia vida la mayor parte de las veces con buen seso; nos preocupamos por el Estado, por las razones de su existencia, por la necesidad de que funcione bien, por el temor de que se desvíe de su tarea para convertirse en un mecanismo opresor.” (Pedro Schwartz, “El Estado Liberal,” en Nuevos Ensayos Liberales, Madrid. Editorial Espasa Calpe, S. A., 1998, p. 172. Conferencia originalmente pronunciada en el Club Siglo XXI, Madrid, el 22 de marzo de 1984). “En la tradición clásica se entiende por liberalismo una doctrina que, al conceder un valor fundamental al individuo, fía el óptimo funcionamiento de la sociedad en la máxima posible libertad social y económica. Según esa doctrina, la libertad individual sólo está garantizada cuando se cumplen cinco condiciones: -respeto de los derechos humanos (que limito a los derechos ‘negativos’ que marcan un círculo alrededor de la persona que nadie puede invadir sin el debido proceso legal), -reconocimiento de la igualdad de las personas ante la ley, -división de los poderes del Estado, -defensa de la propiedad privada y del cumplimiento de los contratos, y -paso franco a la emulación económica. Dicho de otra forma, la sociedad liberal es la sociedad del acuerdo voluntario, en la que sin descanso se busca minimizar la coacción y la violencia –a veces, inevitablemente, con el uso de la fuerza legalmente constituida.” ((Pedro Schwartz, “Conceptos de Liberalismo,” en Nuevos Ensayos Liberales, Madrid. Editorial Espasa Calpe, S. A., 1998, p. p. 51 y 52. Primera parte de su artículo sobre la voz ‘Liberalismo’ en la Enciclopedia de Historia de España, Artola, 1991).
COLUMNA LIBRE LA CRISIS COMO UN FRACASO DEL MERCADO: SEGUNDA DE DOS PARTES
Explicada mi visión sobre el papel de los mercados en una sociedad en el boletín de ANFE del mes anterior, procedo a referirme a lo sucedido en el mercado de vivienda de los Estados Unidos, detonante de una de las mayores crisis sufridas en la economía mundial en años recientes. Estas referencias permiten vislumbrar el papel de la acción directa e indirecta del estado en la formación de esta crisis, en vez de la pretensión de adscribir la causa a un fallo inherente de los mercados. Una de las principales características que exhibe dicho mercado en los Estados Unidos es que, “si bien el alza y la caída del mercado de vivienda es un problema nacional en términos de sus repercusiones, sus orígenes tienden a concentrarse en lugares específicos, en donde hubo inicialmente precios de las casas inusualmente elevados y cambios inusualmente volátiles en esos precios,” (Thomas Sowell, The Housing Boom and Bust, New York: Basic Books, 2009, p. 10). Fue en regiones concretas de ciertos estados de los Estados Unidos, en que gobiernos locales y estatales habían impuesto restricciones en los mercados de vivienda, en donde los precios de las casas subieron más y luego cayeron con mayor estrépito al presentarse la crisis. Muchas de esas regulaciones sencillamente fueron tomadas a la sombra y sonidos del coro en favor de “la protección del medio ambiente”, “la salvaguardia de los espacios abiertos”, “del resguardo de las tierras agrícolas”, “de la preservación de los sitios históricos.” Pero todas provocaron una elevación sustancial de los costos de construcción de las viviendas, al restringir la cantidad de tierras disponibles para su edificación. Por ejemplo, California -y especialmente su zona costera- “ha sido el mayor de estos mercados de vivienda excepcionalmente caros. También ha sido el más caro y con el crecimiento más fuerte de los precios de las casas. En la cúspide del alza del mercado de vivienda en el 2005, todas las 10 áreas con los mayores aumentos en el curso del quinquenio previo, estaban en California. Sin embargo, en una época los precios de las casas en California eran muy similares a los de aquéllas en el resto del país.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 9). Lo que originó estas enormes alzas en el mercado de vivienda de California, fue que, en la década de los setenta, ese estado vio el mayor incremento en leyes y regulaciones que restringían fuertemente el uso de la tierra a usarse en la construcción de casas. Algo similar sucedió en otros estados, pero tal vez no con la severidad de California. Pero en aquellos, así como en éste, empezaron a abundar las medidas restrictivas asociadas con la zonificación, con una restricción de la altura permitida para construir casas, con tamaños mínimos a la tierra en que se podía construir, con más restricciones de permisos para construir, pero en donde todo ello contribuyó a que se diera un alza fuerte de los costos de ofrecer vivienda. Fue este tipo de decisiones gubernamentales, a contrapelo de quienes afirman que el mercado fue el que fracasó, lo que provocó un fuerte aumento en los precios de las casas, tal como podía uno esperar cuando se incrementaron los costos de construir. Esto lo explica el economista Sowell, un estudioso de los mercados de vivienda de los Estados Unidos, al afirmar que “es precisamente en lugares en que hubo una intervención estatal masiva, en la forma de serias restricciones a la construcción, donde se dispararon los precios. En lugares en que, más o menos, se dejó sólo al mercado –lugares como Houston y Dallas, por ejemplo- los precios de las viviendas requirieron una proporción menor de los ingresos familiares en comparación con el pasado” (Thomas Sowell, Op. Cit., 2009, p. 18). En estos lugares que experimentaron la mayor alza en los precios de las casas fue en donde, lamentablemente, mayor resultó la caída de los precios al presentarse la crisis. La pregunta que se debe formular es si, entonces, ¿fracasó el mercado? El hecho, más bien, fue que los mercados de vivienda reflejaron este mayor costo derivado de las acciones directas del gobierno. Este resultado es esperable en un mercado que funcione bien, al hacer eco de los desaguisados de tales políticas estatales. De no haber sido así, entonces sí se podría acusar al mercado de fallar por no haber tomado en cuenta dichas distorsiones. Así, lo indeseable en este episodio pueden ser esas políticas públicas, no el mecanismo institucional –el mercado- que las mostró por medio de la señal que debería expresar: un alza en los precios de las casas. El mercado no fracasó; lo que indujo la caída tan fuerte que luego experimentaron los precios de esas casas fueron las políticas y decisiones estatales que inicialmente indujeron el alza en los costos y los precios de las casas. Otro notorio resultado de las políticas gubernamentales de vivienda durante la época y que también incidió en el comportamiento de los mercados de vivienda fue el llamado “financiamiento creativo”, cuya aparición generalizada se dio durante los primeros cinco años de esta década. ¿Qué se va a entender por “financiamiento creativo”? Ante el enorme crecimiento de los precios de las casas, muchos compradores estuvieron dispuestos a acudir a medios más riesgosos que les permitieran financiar sus compras y ello fue lo que les ofreció un mercado distorsionado por una serie de incentivos deliberados provenientes de los políticos. Es el momento de describir aspectos de la política pública que siguieron autoridades de los Estados Unidos en cuanto al mercado de vivienda, política que califico como perversa, aunque me imagino que se llevó a cabo con el más bienintencionado de los propósitos. Esta política estatal (federal y de los estados de los Estados Unidos), que pretendía lograr “una vivienda asequible para todos” me permite explicar cómo fue que surgió el llamado “financiamiento creativo” antes mencionado. En resumen, el estado decidió que los individuos eligieran alguna vivienda y que, de alguna manera, ese mismo estado estimularía el diseño de mecanismos financieros que les permitieran adquirirla. Tal vez no era tan tarde como para corregir el daño en proceso cuando en cierto momento se formularon advertencias en el 2003 acerca de la fragilidad del mercado hipotecario a causa de la política de “vivienda asequible para todos” Pero aún en ese momento, uno de los mayores impulsores de estos programas de estimulo para la adquisición de casas, el político demócrata Barney Frank, las rechazó, insistiendo en que Fannie Mae y Freddie Mac (empresas patrocinadas por el gobierno que compraron más de una tercera parte de todas las hipotecas del país vendidas por los bancos y entidades financieras que originalmente las financiaron) “han desempeñado un papel muy útil en ayudar a hacer que las viviendas fueran más asequibles,” y que esos críticos “exageraban las amenazas a la seguridad” de esas empresas paraestatales y que “hacían conjeturas acerca de la posibilidad de serias pérdidas financieras al Tesoro de los Estados Unidos y que él (Frank) no vislumbraba,” al tiempo que reiteró el apoyo a las políticas de vivienda asequible para todos”, cuando dijo que “quisiera que Fannnie y Freddie se metieran más profundamente a ayudar a adquirir vivienda a los de bajos ingresos y que posiblemente se muevan hacia lo que es más explícitamente un subsidio.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. p. 48 y 49). A la fecha conocemos de las pérdidas casi inmensurables y de la quiebra de hecho de Fannie Mae y Freddie Mac (que son parecidos a nuestro Banco Hipotecario de la Vivienda), como resultado de la demagogia de los políticos. Pero destaco que aquella “política” gubernamental también tuvo un enorme impacto y provocó ciertas reacciones que eran de esperar en el sector financiero privado, que, en su búsqueda esperable de utilidades en un mercado -y hasta de supervivencia en un sistema sumamente competido- y en un marco regulatorio que claramente promovía que dicha política pública pudiera tener éxito, se acomodó a estas nuevas “políticas sociales”. No fue un “acomodo muy voluntario”, como veremos. Pero, de hecho, instrumentos creativos ofrecidos por entidades financieras privadas, tales como hipotecas que no requerían del pago de una prima o montos muy bajos por adelantado o hipotecas que al principio sólo requerían del pago de los intereses o con tasas de interés variable o ajustable, empezaron a utilizarse con enorme frecuencia, a fin de satisfacer la demanda de los consumidores e inversionistas que deseaban comprar la “vivienda asequible” promovida por los políticos, Nada más véanse los siguientes datos: “Las hipotecas tradicionales a 30 años plazo con una tasa de interés fija, que eran un 57 por ciento de todas las hipotecas en el 2001, cayeron, a finales del 2006, a un 33 por ciento de todas las hipotecas. Mientras tanto, las llamadas hipotecas sub-prime (que es el término con el cual se califican aquellas hipotecas que no cumplen los requisitos usuales para ser otorgadas y que, al constituir un mayor riesgo, se les debería cobrar una tasa mayor de intereses), se elevaron, desde un 7 por ciento del total de los préstamos hipotecarios, a un 19 por ciento en el lapso de esos mismos años.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 42). ¿Por qué fue que los bancos aceptaron como hipotecas “buenas” aquellos préstamos sub-prime más riesgosos? Porque así lo permitieron los organismos encargados de la regulación, que de esta manera facilitaron su expansión institucional. Por ejemplo, un regulador clave, el Ministerio de Vivienda de los Estados Unidos (Department of Housing and Human Development), impulsó, por medio de Fannie Mae y Freddie Mac, al fijarles cuotas de cumplimiento de préstamos para la adquisición de “vivienda asequible”, en donde mediaba una garantía implícita de estos organismos paraestatales, que los bancos y entidades financieras expandieran sus colocaciones de hipotecas sub-prime que después descontaban en Fannie Mae y Freddie Mac. Como señala el economista John B. Taylor, “las empresas paraestatales Fannie Mae y Freddie Mac fueron estimuladas a expandir y comprar valores respaldados por hipotecas, incluyendo aquellas formadas por las riesgosas hipotecas sub-prime.” (John B. Taylor, “How Government Created the Financial Crisis: Research shows the failure to rescue Lehman did not trigger the fall panic,” Wall Street Journal, sección de Opinión, 9 de febrero del 2009). Ello lo enfatizó el economista Lawrence White, al escribir que, tal vez el factor más importante que impulsó el enorme crecimiento de las hipotecas no-prime -´huesos’ las llamaría yo- que pasaron de menos de un 10% en el 2001 a un 34% del total de las nuevas hipotecas en el 2006, que hizo que en ese año las hipotecas no-prime fueran un 23% de las hipotecas existentes, fue “subsidiar, por medio de garantías tributarias implícitas, la expansión dramática de los compradores de hipotecas garantizadas por el gobierno, Fannie Mae y Freddie Mac, categóricamente rehusando moderar el problema del riesgo moral de las garantías implícitas o, de lo contrario, poniendo freno a la hiper-expansión de Fannie y Freddie y empujando crecientemente a Fannie y a Freddie a la promoción de ‘vivienda asequible’ por medio de una expansión de compras de los préstamos no-prime otorgados a solicitantes de bajos ingresos.” (Lawrence White, How Did We Get into This Financial Mess?, Cato Institute, Briefing papers No, 110, 18 de noviembre del 2008, p. 5) Fannie Mae y Freddie Mac fueron actores cruciales en esta debacle, pues las hipotecas que garantizaron ascendieron a más de dos trillones de dólares (cada trillón es 100 millones de dólares), suma que, como dice Sowell, “es mayor que el Producto Interno Bruto de cada uno de los países del mundo, con excepción de cuatro naciones.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 44). En síntesis, las políticas gubernamentales de “vivienda asequible” estimularon la colocación de hipotecas, independientemente del riesgo que implicaban. Replanteo la pregunta anterior: ¿por qué los bancos accedieron a seguir dicho camino? Hay varias razones, la cual, la obvia, es que les permitía lograr enormes ganancias y con poco riesgo, pues podían descontar las hipotecas en Freddie Mac y Fannie Mae, pero también porque las entidades bancarias fueron sujetas de presiones políticas, a las paso a referirme. Desde que en 1997 se promulgó la Ley de Reinversión en la Comunidad (Community Reinvestment Act) se dio campo para que los bancos fueran objeto de presiones políticas en cuanto a su colocación de crédito, principalmente asignarlo según raza, comunidad o ingreso de quienes lo solicitaban. Este estrujamiento potencial se extendió luego a que, además de aquellos criterios antes citados, se redujeran los requisitos para la aprobación de préstamos para vivienda. El programa ahora iba para todo mundo y los reguladores impusieron cuotas de cumplimiento, aunque para ello se tuvo que flexibilizar los requisitos previos y aceptar innovaciones en los instrumentos a ser usados. Los bancos estaban sujetos a una regulación federal que incluso requería de permisos expresos para que pudieran llevar a cabo muchas de sus actividades. Para lograrlos se les “estimuló” a participar en el juego de la reducción de requisitos para colocar hipotecas. Así, de acuerdo con una Ley de 1999, para obtener los permisos los bancos tenían que poseer “una calificación de ‘registro satisfactorio de cumplimiento con los necesidades de crédito de las comunidades’, o, aún mejor, para cuando a cada institución se le hiciera el examen más reciente.” (Citado en Thomas Sowell, Op. Cit., p. 39). También la política gubernamental se reflejó en la politiquería local de ciertos activistas frente a las actuaciones de los bancos, quienes impulsaron activamente y lograron que los bancos relajaran sus requisitos al conceder hipotecas y a cambio se les apoyaba en la obtención de permisos para operar en ciertas comunidades. Sowell concluye esta parte de su análisis con la siguiente advertencia, la cual transcribo: “las políticas y las prácticas de muchas instituciones, locales y nacionales, públicas y privadas, montaron la escena para el auge de vivienda y la caída que le prosiguió. Afirmar que las raíces del alza y la caída de la vivienda están en el mercado y que la solución está en el gobierno, es un asunto de conveniencia para los políticos y para aquellos quienes favorecen la intervención gubernamental. Pero tales explicaciones son inconsistentes con los hechos, no importa qué tan impresionante pueda serlo como un ejercicio de retórica.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p, 44). En este asunto, así como en otros, yo no vislumbro que los mercados hayan fracasado. Lo que condujo a la caída del mercado de vivienda fueron las decisiones políticas dirigidas a lograr “una vivienda asequible para todos”, que transitó por hacer que tales políticas fueran convenientes para los bancos y entidades financieras participantes en los mercados hipotecarios, los cuales, de no participar, incurrían en el riesgo de enojar a poderosos reguladores. Estos, a su vez y para lograr aquel objetivo, facilitaron la reducción de los requisitos necesarios para otorgar las hipotecas llamadas sub-prime. Estas decisiones institucionales de política provocaron que en el mercado de la vivienda surgiera una situación insostenible. Concluyo esta sección citando al economista Gerald P. O’Driscoll, quien escribió que “En el corazón, Fannie y Freddie se habían convertido en ejemplos clásicos de ‘un capitalismo de compinches’ (crony capitalism). Los ‘compinches’ fueron empresarios y políticos trabajando juntos para llenarse los bolsillos de cada uno de ellos, a la vez que decían servir el interés público. Los políticos crearon los gigantes hipotecarios, que luego devolvieron algunas de esas ganancias a los políticos –algunas veces, directamente, como fondos de campaña, algunas veces como ‘contribuciones‘ para sus electores favoritos… Y, debido a que el respaldo gubernamental de Fannie y Freddie dominó al mercado de hipotecas garantizadas, se silenció la crítica del sector privado. Los bancos locales que querían ofrecer hipotecas no se atrevieron a hablar claro en contra de ellas. Los bancos grandes no se arriesgaron a quejarse acerca de la ventaja que a los gigantes les otorgó el gobierno, porque necesitaban comprar valores de Fannie/Freddie.” (Gerald P. O’Driscoll, “Fannie/Freddie Bailout Baloney,” New York Post, 9 de setiembre del 2008). A diferencia de un orden de mercado o capitalista, en que el éxito individual se determina según sean las decisiones del mercado y del seguimiento de las reglas de la ley, en el “capitalismo de compinches” el éxito en los negocios se obtiene a partir del favoritismo que el gobierno otorga mediante exenciones tributarias, contrataciones de obras públicas sin que exista una licitación competitiva, donaciones gubernamentales y otros incentivos o pre-rogativas o privilegios del gobierno a individuos o empresas específicas. Este no el capitalismo que promovemos quienes creemos en sus efectos positivos. Esta última posición liberal no parece entenderla un articulista del periódico La Nación, quien escribió recientemente que esos pensamientos de limitación del estado, de libre competencia, de defensa de la propiedad privada, de cumplimiento de los contratos, de acuerdos voluntarios, de la importancia de los mercados para combatir la escasez y de su condición de necesarios para asegurar la libertad, “en la práctica, favorecieron intereses plutocráticos protegidos por el Estado que tanto aborrecían y estimularon que las autoridades públicas participaran de los negocios privados y dejaran a los especuladores disfrutar de su paraíso.” (Fernando Araya, “Laberintos y cavernas,” La Nación, 17 de mayo del 2009). A estas últimas prácticas siempre nos hemos opuesto los liberales y que ello no lo reconozca una persona que se supone estudiosa me parece que refleja una enorme ignorancia o, tal vez, hasta mala fe. Otro hecho relevante sucedido en esta crisis y que influyó notoriamente en el comportamiento de los mercados de vivienda fue la decisión del Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (FED) en cuanto a su política de intereses. En el 2004 la tasa de interés fijada por ese banco central llegó a niveles históricamente bajos en épocas recientes: un uno por ciento anual. Tal reducción se reflejó en las tasas de interés cobradas a hipotecas convencionales a 30 años plazo, pues pasaron de cerca de un 8 por ciento en 1973 a un 18% en 1981 y luego a sólo un 6% en el 2005. Al abaratarse enormemente el costo de endeudarse, provocó un fuerte incremento de la demanda de vivienda, con el consecuente aumento de sus precios hasta llegar a niveles récord. Esto –como economista austriaco que me siento- fue lo que preparó la ulterior violenta caída del mercado de vivienda. Esta decisión sobre las tasas de interés, aunado al relajamiento de las regulaciones y a una supervisión acomodada para cumplir con el mantra de “vivienda asequible para todos”, en especial de compradores de vivienda con ingresos relativamente bajos, hizo que se formara una burbuja en el mercado de vivienda dispuesta a estallar en cualquier momento. El pinchazo se dio cuando la FED, que había provocado un alza del crédito al reducir artificialmente la tasa de interés, notó que ello estaba causando fuertes presiones inflacionarias en la economía y cuya contención obligaba a subirlas gradualmente. Así, la tasa que define la FED pasó de aquel nivel ridículamente bajo de un 1% en el 2004 a un 5.25% en el 2006. Pero, el daño ya estaba hecho. Como dice el economista Lawrence White, “La burbuja de la demanda así creada (con la reducción de los intereses) se dirigió fuertemente hacia el mercado de la vivienda. De mediados del 2003 a mediados del 2007, en tanto que el volumen en dólares de las ventas finales de bienes y servicios estaba creciendo de un 5 por ciento a un 7 por ciento, los préstamos para bienes raíces de los bancos comerciales estaba aumentando de un 10 a un 17 por ciento. La demanda impulsada por el crédito lanzó hacia arriba los precios de las casas existentes y estimuló la construcción de nuevas viviendas en tierra previamente no desarrollada, en ambos casos absorbiendo el volumen incrementado en dólares de las hipotecas. Debido a que la vivienda es en lo particular un activo de larga vida, su valor de mercado se ve especialmente impulsado por bajas tasas de interés. Así fue que el sector vivienda exhibió una proporción mayor en la inflación de precios predicho por la Regla de Taylor.“ (Lawrence H. White, How Did We Get into This Financial Mess?, Op. Cit.). [Nota: La llamada Regla de Taylor se refiere a un método de estimación desarrollado por este economista de la Universidad de Stanford, que define la tasa de interés de fondos federales consistente con una meta inflacionaria escogida, tomando en cuenta la inflación del momento y el ingreso real. Así, de acuerdo con dicha regla, de principios del 2001 hasta fines del 2006 la FED hizo que la tasa de los fondos federales de ese lapso estuviera por debajo de la tasa estimada consistente con una inflación del 2%. Por eso fue que la FED luego tuvo que aumentar gradualmente dicha tasa de interés, pues, de lo contrario, se hubiera esperado una fuerte presión inflacionaria en los años por venir]. Estas decisiones de la FED sobre la tasa de interés afectaron fuertemente a los mercados, que reaccionaron inicialmente ante la baja de las tasas y, luego, ante su alza. Por ello, debe preguntarse: ¿En qué fallaron los mercados si fueron claramente influidos por las políticas que siguió la FED? Los mercados tomaron en cuenta esas decisiones erradas que distorsionaron las tasas de interés y los precios de los activos, particularmente de las viviendas, que hicieron que los fondos de inversión se dirigieran hacia las inversiones equivocadas y que ocasionaron que instituciones financieras, que en el pasado habían mostrado su solidez, terminaran en situaciones precarias. No es un problema con el mercado; al contrario, éste actuó como era de esperarse ante las políticas gubernamentales ya referidas. El instrumento (el mercado) no sonó mal porque no funcionaba bien; simplemente sonó mal porque reflejó la forma en que los tocaron los ejecutantes, con sus malas políticas económicas. Sowell, una vez más, nos recuerda la lección derivada de esta experiencia: “En resumen, el mercado aprende –aunque sea tan sólo sea a duras penas- y se ajusta con una velocidad notable, cuando la alternativa a la vista es la ruina financiera. La pregunta es si los políticos y los burócratas gubernamentales aprenden, especialmente cuando no tienen que pagar un precio por estar equivocados y cuando son capaces de desviar la culpa hacia el mercado con denuncias de ‘ambición o codicia’, ‘Wall Street’ o hacia cualquier otro al que se le quieran endosar los platos rotos.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 71). Por eso, ¿acaso sorprende que, por ejemplo, el político demócrata impulsor de los programas de vivienda asequible para todos, Barney Frank, alegara que “la crisis de las hipotecas sub-prime demuestra las consecuencias económicas y sociales seriamente negativas que resultan de muy poca regulación”? ¿O que ese mismo legislador aseverara que esa crisis financiera fue causada por “malas decisiones tomadas por personas en el sector privado”? ¿O, también, que dijera que esas decisiones se debían “gracias a una filosofía conservadora que dice que el mercado sabe mejor las cosas?” (Las citas correspondientes aparecen en Thomas Sowell, Op. Cit., p. 74). A mayor abundancia, tampoco extrañan las declaraciones que diera ante la crisis, en una entrevista de la periodista María Bartiromo de la televisión especializada en asuntos de negocios, MSNBC, la cual ilustra el malabarismo de los políticos, maniobras que terminan por reflejarse en los mercados: “María Bartiromo: Con el debido respeto, congresista, yo vi cintas de televisión en las que nos dice en el pasado que ‘Oh, abramos los préstamos. El mercado de la vivienda está bien.’ Barney Frank: No, usted no vio tales cintas. Maria Bartiromo: Sí lo hice. Las vi en televisión. Barney Frank: Ah sí, bueno, yo nunca dije que abriéramos el mercado de la vivienda, el mercado está bien… María Bartiromo: Entonces ¿de quién es la culpa? Barney Frank: De los Republicanos del ala derecha, quienes tomaron la posición de que la regulación siempre es mala, de que el mercado se corrige a sí mismo, y de que usted nunca deberá poner restricción alguna al libre movimiento de los capitales.” (Citado en Thomas Sowell, Op. Cit., p. p. 75-76). Entonces, ¿debemos deducir que el mercado es el responsable; que la culpa la tiene la falta de regulación; que el mercado fracasa?, como si lo aquí expuesto no mostrara la mano visible y grosera del estado por medio de las políticas que, tal vez bien intencionadamente, se diseñaron para asegurar “vivienda asequible para todos”, pero que, en verdad, terminaron dañando a todos (excepto tal vez a aquellos políticos interesados no sólo en maximizar su poder sino hasta sus ingresos personales, como lo confirma este episodio político en los Estados Unidos). Al señalar “asequible para todos” quiero incluir a un grupo particularmente importante en esta crisis del mercado de vivienda estadounidense. Son los llamados “especuladores”, que fueron los que compraron viviendas en ese mercado en ascenso con el propósito de venderlas luego a otros compradores a un precio mayor o bien aquellos que solicitaron créditos para financiar la adquisición de tales casas con el fin de revenderlas. Era de esperar que tal fenómeno de especulación se presentara: es parte del viejo principio de comprar barato para luego vender caro. Lo importante aquí es que todo el sistema de incentivos estimuló dicha especulación: crédito barato, hipotecas baratas, una enorme demanda de viviendas, poco dinero en efectivo que había que depositar de entrada para obtener la vivienda financiada, incluso hubo una proliferación de hipotecas con tasas de interés ajustables, que estimulaban el cálculo del especuladores acerca de cuánto habrían de durar bajas esas tasas y cuánto después se revertirían. Estas decisiones estatales dirigidas a poder adquirir vivienda “barata” cualesquiera fueran las condiciones de su comprador (incluso muchos compraron viviendas no para vivir ellos, sino como una inversión, o como una segunda vivienda de recreo o también para reparar una vivienda desmejorada y luego venderla cara) tuvo un gran impacto en los mercados, en especial al aumentar fuertemente el riesgo en la actividad y porque las cosas bien pueden cambiar, súbita y rápidamente, tal como sucedió. Es la moda de ciertos “críticos” moderados del capitalismo, diferentes de aquellos que propugnan por la desaparición total de los mercados, impulsar una mayor regulación de estos. Si hay mercados profundamente regulados, lo cual no quiere decir que sea una “buena o adecuada” regulación, son los financieros en los Estados Unidos. El tema es que, tal como lo expresó en una reunión reciente de la Sociedad Mont Pelerin en Nueva York, el economista Peter Boettke: “Si Usted le amarra los pies y las manos al nadador Michael Phelps, ganador de la medalla de oro olímpica, lo agobia con cadenas, lo tira a una piscina y se hunde, Usted no llamaría a eso ‘un fracaso de la natación’. De manera que, cuando los mercados han sido abrumados por una regulación inepta y excesiva, ¿por qué llamar a eso un “fracaso del capitalismo’?”. (Eammon Butler, “Believers in free markets are fighting back,” The Times, 9 de marzo del 2009.) Deseo profundizar un poco sobre el tema de la regulación, para que el lector deduzca cómo fue que se debilitó deliberadamente para cumplir con los deseos de los políticos de lograr una “vivienda adecuada para todos” y como esa presión política gubernamental terminó afectando los diferentes mercados. Así, mientras que la regulación de Fannie Mae y Freddie Mac, entidades ya mencionadas, por la Oficina de Supervisión de Empresas Federales del Sector Vivienda (OFHEO por sus siglas en inglés) fue estricta en cuanto a los estándares contables, fue muy diferente a la ejercida sobre entidades que prestan fondos para hipotecas. Aquí la imposición de una mayor laxitud para su concesión se efectuó para complacer los deseos de los políticos, pero estimuló la concesión casi indiscriminada de hipotecas sub-prime. Eso no significó que no existiera una supervisión sobre las entidades financieras; de hecho es innumerable la cantidad de entidades federales, estatales y locales que tienen que ver con dicha supervisión, la cual, si bien era muy abundante, se caracterizó por su super-imposición y por ser profundamente descoordinada. No extraña, por tanto, que a pesar de una enorme cantidad de entes supervisores, no pudieron supervisar los nuevos y muy variados tipos de acuerdos financieros, precisamente diseñados para cumplir con los propósitos jerárquicamente más elevados de los políticos promotores de los programas de “vivienda asequible para todos”. No toda supervisión o regulación es indeseable. Lo importante es la forma en que se practica. Martin N. Baily, Robert E. Littan y Matthew S. Johnson, de la Institución Brookings señalan que “No existe un sistema unificado de supervisión de la banca, sino un campo parchado de reguladores estatales y federales” y enfatizan “la complejidad bizantina de la estructura regulatoria de los Estados Unidos.” (Martin N. Baily, Robert E. Littan & Matthew S. Johnson, The Origins of the Financial Crisis, Brookings Institution: initiative on Business and Public Policy, Fixing Finance Series, Paper 3, noviembre del 2008, p. 40). La regulación del sector financiero es importante, por dos razones: para preservar la estabilidad del sistema financiero de reserva fraccional, lo que requiere un comportamiento responsable de los bancos y para evitar que cuando las familias realizan una de las compras más importantes de su vida, cual es la de vivienda, en que suelen mediar acuerdos financieros complejos, comprendan adecuadamente el grado de sofisticación que poseen. Dicen Baily et. al.: “los mercados no funcionan bien cuando hay asimetrías de información y este (el de vivienda) es uno de tales mercados. Por tanto, hay un caso claro en tener una mejor regulación en los mercados financieros e hipotecarios. Y en la práctica de dicha actividad había un extenso aparato regulatorio en los mercados financieros,” y recomiendan deshacerse “de una mala regulación que reprime la competencia e inhibe la innovación, pero necesitamos mejorar la regulación en donde puede hacer que los mercados funcionen mejor y evitar crisis.” (Martin N. Baily et. al., Op. Cit., p 40 y p. 45). No crear pecar de escepticismo si digo que los afanes regulatorios de muchos van mucho más allá de evitar asimetrías de información, cuya corrección eventualmente sí podría mejorar el funcionamiento de los mercados. No debe caerse en una aceptación de un genérico “mayor regulación”, sin que medie no sólo la posibilidad de ejercerla, dada la complejidad de muchos instrumentos, sino que también de forma que no estorben en el buen desempeño competitivo de las empresas. Las reglas regulatorias que se propongan deberán ser muy específicas y no simples generalidades, pues incluso hasta las muy laudadas reglas de Basilea II, no impidieron la crisis. La experiencia sucedida muestra que, a pesar del enorme aparato regulatorio, las presiones políticas incidieron en rebajar las normas previamente establecidas y probadas a través de muchos años, por lo que, cuando en un mercado como ese, “muchos de los pagos por hipotecas dejan de hacerse, ninguna cantidad de experiencia financiera de Wall Street o una intervención reguladora del gobierno desde Washington, puede salvar toda la estructura de inversión construida con base en esos pagos de las hipotecas...” Continúa vigente la pregunta: “Por qué dejaron de hacerse esos pagos… Porque los préstamos hipotecarios fueron hechos a más gente cuyos prospectos de repago eran menores que en el pasado” debido a presiones políticas que “condujeron a prácticas de préstamos más arriesgadas que en el pasado.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 118). Por lo tanto, la propuesta para “mejorar” la regulación vigente con base en el argumento de la asimetría de la información, deber ser sujeta al escrutinio desde varios puntos de vista, que tan sólo voy a señalar. En primer lugar, evaluar si efectivamente el mercado hipotecario es afectado de manera significativa por dicho problema de asimetría de información. La investigación empírica deberá señalar no sólo si existe tal fenómeno sino, sobre todo, si es de una magnitud tal que amerita una reforma regulatoria en tal sentido. En segundo lugar, no debe dejarse de lado que los mercados suelen desarrollar por sí mismos instrumentos que tienden a mitigar el problema. No sólo entra aquí el tema del prestigio, la confianza y sobre todo de asegurarse que los clientes vuelvan a usar los servicios de la empresa, lo que motiva a que las firmas no se aprovechen de las ventajas de disponer de una información asimétrica; es decir, tal asimetría da campo para que las empresas obtengan ganancias con una estrategia de transparencia en la información. En tercer lugar, si el argumento a favor de una mayor regulación descansa en la presunta existencia de problemas de asimetría en la información, cabe preguntarse si el estado, a diferencia del mercado, sabe mejor cuándo se está en presencia de dichas asimetrías. Esta evidencia debe tenerse presente a la hora de pensar en simplemente incrementar lo que ya parece ser una excesiva regulación en estos mercados. En cuarto lugar, evaluar si la tarea que se les exigiría cumplir a estos órganos regulatorios ampliados va a ser posible cumplirla dada la enormidad de tareas que podría exigir. Esto conduce a hacer el planteamiento general de que tal regulación puede imponer costos exageradamente altos en función de los beneficios esperados, lo cual requiere que dicho análisis de costos y beneficios se defina claramente, de previo a cualquier puesta en práctica de una regulación ampliada. Finalmente, quiero tan sólo hacer una lista que por supuesto no es exhaustiva, del enorme número de entidades públicas que tienen que ver con la regulación directa o indirecta de los mercados de vivienda de los Estados Unidos. Sólo menciono entidades federales, pues desconozco los nombres de un gran número de entes regionales, estatales y locales que tienen que ver con asuntos regulatorios. Menciono al Ministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano (Housing and Urban Development Department -HUD); al Banco de Reserva Federal (la FED); a Fannie Mae, empresa patrocinada por el gobierno federal, que es una institución privada pero que depende del gobierno; a Freddie Mac, similar a la anterior; al Comité de Servicios Financieros de la Casa de Representantes (un importante Comité del Congreso de los Estados Unidos); al igual que el Comité de Banca del Senado de ese país; la Oficina de Supervisión de Empresas Federales de Vivienda (OFHEO), agencia dependiente del Ministerio de Vivienda (HUD), que oportunamente señaló serios problemas en Fannie Mae y Freddie Mac, pero fueron “tapados” por ciertos políticos en el Congreso y el Senado; la Comisión de Valores (Security Exchange Comission -SEC), el Departamento de Justicia del gobierno federal; y el equivalente de la Contraloría General Federal (General Accounting Office –GAO), que informa al Congreso de los Estados Unidos. Teniendo presente esta larga lista de reguladores que fracasaron en señalar el problema y su magnitud, deseo finalizar con la siguiente inquietud: Todo esto lo que nos dice no es que se deben crear nuevos entes de vigilancia o reguladores -dada incluso la mala coordinación existente entre ellos- sino que tal vez lo apropiado sea una mayor y mejor regulación de los reguladores, quienes, en vez de pretender continuar regulando los mercados privados, lo que deberían de hacer es reaccionar oportuna y decididamente ante las apetencias de políticos que tanto daño causan al afectar los mercados. Señalan los economistas Tyler Cowen y Eric Crampton, “Cuando las instituciones y ‘las reglas del juego’ son diseñadas correctamente, el conocimiento descentralizado tiene un enorme poder. Los precios y los incentivos son extremadamente potentes. El resultado colectivo de un proceso de mercado contiene una sabiduría que ningún teórico puede haber replicado con tan sólo un lápiz y un papel.” (Tyler Cowen y Eric Crampton, editores, Introducción al libro Market Failure or Success: The new debate, Cheltenham, UK: Edward Elgar Publishing for the Independent Institute, 2002). No hay duda que se respira un aire Hayekiano en esta conclusión. Carlos Federico Smith Queda debidamente autorizado para reproducir esta columna en el medio de su predilección.
CON MOTIVO DEL FALLECIMIENTO DEL EX PRESIDENTE DE LA JUNTA DIRECTIVA DE LA FUNDACIÓN FRIEDRICH NAUMANN PARA LA LIBERTAD, LORD RALF DAHRENDORF Por el Dr. Wolfgang Gerhardt Presidente de de la Junta Directiva de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad
El Consejo de Fundadores, la Junta Directiva y los colaboradores de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad sentimos una profunda tristeza por el fallecimiento del Ex Presidente de la Junta Directiva de la Fundación Friedrich Naumann par la Libertad, Lord Ralf Dahrendorf. Lamentamos la pérdida de una gran y brillante persona. Nuestra solidaridad antes que nada está con su esposa y sus familiares. La familia liberal ha perdido a un integrante, que de manera incomparable contribuyó al establecimiento de una sociedad liberal, advirtiendo siempre sobre las amenazas a la libertad y sobre el riesgo de enfrascarse únicamente en la política cotidiana. Si en la historia de la República Federal de Alemania se buscara un símbolo para la libertad, alguien que jamás perdió de vista el nexo entre la libertad y la responsabilidad, y que siempre fue consciente de las consecuencias que el actuar personal implica, forzosamente tendríamos que referirnos a Ralf Dahrendorf, quien también simboliza expresiones claras en un gran número de publicaciones y discursos; palabras tajantes, mas no lacónicas; frases intelectualmente exigentes y a la vez comprensibles que cultivan el estilo y obligan a la reflexión propia. El lenguaje que envolvía los complejos órdenes de ideas del profesor Dahrendorf no fue siempre fácil de comprender. Sin embargo, la mayoría de las veces, Dahrendorf se expresaba de manera clara e ilustrativa: “cuando se intentó algo innovador, resultó inútil; lo útil no necesitaba mayor innovación”, afirmó de manera breve y concisa. Advirtió sobre las amenazas a la libertad, refiriéndose al potencial totalitario que otros no percibieron a tiempo. Una gran parte de los intelectuales, especialmente los partícipes del movimiento estudiantil del 68, fue guiada por Dahrendorf de un estado de fatiga a un auge del derecho ciudadano a la educación. Muchos jóvenes comprometidos con la política quedaron fascinados con el conjunto de propuestas que fomentaría una sociedad libre capaz de enfrentar el futuro. La modernización de la sociedad, el desprendimiento de los individuos de las ataduras que les impedían ejercer sus derechos, pero también el significado de estos vínculos para la cohesión de una sociedad, fueron el recurrente en el pensamiento de Dahrendorf. De pronto, el derecho ciudadano a la educación formaba parte de los derechos civiles. Los derechos ciudadanos necesariamente son derechos ciudadanos iguales para todos. El estar conscientes de esto, es, fue y será siempre el impulso decisivo en el deseo de diseñar políticas, mismas que llevaron al Partido Demócrata Alemán a redefinirse con el fin de hacer a las personas partícipes de la libertad. Dahrendorf es un pilar de la historia de Alemania. Sus impulsos fueron y serán siempre un compás, su personalidad nos dio un perfil. Lord Dahrendorf no será olvidado.
LOS LIBERALES Y LA CALLE Justo Serna*
Estemos o no completamente de acuerdo con sus juicios, resulta muy gratificante leer a Ralf Dahrendorf, ese autor del que siempre apreciaremos sus ejercicios de prudencia, esa forma perspicaz, fina y realista de abordar los problemas. Es un liberal que detesta el estrépito de la movilización, el ruido mediático, el estruendo que algunos comunicadores provocan en todo el mundo y que, lejos de despertarnos, nos adormecen. Resulta extremadamente placentero examinar sus libros, ese despliegue de inteligencia, de cordura, de sensatez. Échenle un vistazo, si no me creen, a su último volumen, una obra que publica aquí la editorial Paidós. Se titula En busca de un nuevo orden. Una política de la libertad para el siglo XXI.
Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, España. Publicado en Levante-EMV el 11 de marzo del 2009.
LAS ELECCIONES NO BASTAN Ralf Dahrendorf*
No existe contra el abuso del poder, en particular si se trata de un poder democráticamente obtenido
No puede haber un orden liberal sin democracia política, pero en la actualidad se nos recuerda con frecuencia que la democracia política por sí sola no garantiza un orden liberal. Unas elecciones libres y justas pueden propiciar el ascenso de un presidente como el de Irán, que quiere "borrar a Israel del mapa de Oriente Medio", o un presidente como el de Venezuela, cuya intolerancia para con la clase empresarial inspira júbilo en las calles, pero mueve a la emigración a aquellos precisamente cuya iniciativa es decisiva para el bienestar general de la población. Menos perjudicial -y, aun así, problemática- es la elección -como en Polonia- de un gobierno minoritario que persigue inflexiblemente los intereses personales de sus miembros e incumple todas las promesas de cooperación hechas justamente antes de las elecciones. En otras palabras, si queremos que en el mundo haya democracia, las elecciones no bastan. Las elecciones pueden propiciar democracias iliberales e incluso cosas peores. Deben estar insertas en un marco institucional mucho más complejo, que me gustaría calificar de orden liberal. El primer rasgo del orden liberal es el de que las democracias no deben tolerar a quienes se proponen destruir la democracia. Algunos países, como Alemania, tienen leyes que permiten prohibir partidos políticos cuyos programas son claramente antidemocráticos. En el pasado se ha utilizado esa ley para poner coto tanto a los partidos de extrema izquierda como a los de extrema derecha, lo que ha contribuido claramente a prevenir cualquier señal de posible regreso de las formas totalitarias del siglo XX. Sin embargo, no siempre resulta evidente lo que las personas y los partidos que se presentan a las lecciones harán, si vencen. Para eso sirven las normas que imponen límites a los mandatos de los titulares de un cargo, como la enmienda vigésima segunda de la Constitución de Estados Unidos. En muchas constituciones figura una norma semejante e incluso el presidente Putin de Rusia ha declarado que la cumplirá. Esperemos que así sea, en efecto. En otros sitios, en particular en muchos de los estados sucesores de la Unión Soviética y en América Latina, los ocupantes del poder se han limitado a cambiar la Constitución -incluidas las normas sobre los límites de los mandatos- para su propio provecho y así perpetuarse. A este respecto, entra en juego el segundo pilar de un orden liberal: el Estado de derecho. Nunca nos cansaremos de decir que democracia y Estado de derecho no son la misma cosa. Hay democracias sin ley y estados de ley (Rechtsstaat) no democráticos. La constitución de la libertad requiere ambas cosas y, de las dos, el Estado de derecho es la más difícil de establecer y mantener, pues no requiere solamente una constitución, sino también -y resulta casi más importante- un poder judicial independiente que sea sensible a las violaciones de las normas constitucionales y otras normas legítimas. Resulta extraordinariamente importante que Iraq celebrara elecciones para constituir una Asamblea constitucional. Ésta ha elaborado -si bien con cierta presión externa, en particular en pro de los suníes- un documento que puede constituir la base para un Estado de derecho. Pero la tarea de encontrar, nombrar y aceptar a jueces independientes sigue pendiente. Resultará particularmente difícil en un medio en el que la charia -es decir, la ley religiosa islámica, administrada no por jueces, sino por clérigos- nunca está demasiado lejos. El Estado de derecho secular es la más delicada condición previa de un orden liberal. Aun así, sabemos por la historia que basta con una ley de autorización para desbaratar el Estado de derecho y sustituirlo por una tiranía ideológica, como ocurrió cuando Hitler llegó al poder en Alemania. Entonces es cuando entra en juego el tercer elemento de un orden liberal: la sociedad civil. Una pluralidad de asociaciones y actividades cívicas -regulada, pero no controlada, por el Estado y libre para expresar sus opiniones o incluso manifestar sus (diversos) sentimientos públicamente- es el pilar más sólido de un orden liberal. Una sociedad civil muy viva se movilizará cuando se viole el Estado de derecho y también puede frenar las inclinaciones iliberales de las mayorías democráticas. La disponibilidad casi universal de la información hace que resulte mucho más fácil que en épocas anteriores el surgimiento de organizaciones no gubernamentales voluntarias que constituyen la sociedad civil. Sin embargo, no existe una garantía suprema contra el abuso del poder, en particular si se trata de un poder democráticamente obtenido. Así pues, la comunidad internacional debe reconocer que no basta con fomentar, organizar u observar las elecciones en las sociedades hasta ahora no democráticas. El programa de difusión del orden liberal necesita un planteamiento mucho más complejo. Ante todo, requiere organismos y agrupaciones internacionales que puedan permanecer en alerta ante los riesgos de democracias iliberales.
*Ralf Dahrendorf fue miembro de la Cámara de los Lores de Inglaterra, ex comisario europeo de Alemania y ex rector de la London School of Economics. Este comentario fue publicado el 23 de noviembre del 2005 en La Vanguardia.es
PROPUESTA DE POLÍTICAS DE DESARROLLO NACIONAL DE LARGO PLAZO PARA COSTA RICA
Por César A. Jaramillo Gallego*
Ante un entorno internacional en crisis, de profundidad y duración aún desconocidas, Costa Rica requiere medidas económicas que refuercen su estructura económica y social a la vez que promuevan un ambiente sano. Es tiempo entonces de aplicar otro tipo de política económica, enfocándose en el beneficio directo y palpable de las mayorías, es decir, de la clase media. En ese entorno y con tal propósito se proponen cuatro grupos de medidas principales:
El lista anterior no es exhaustiva, pero todas estas medidas tienen en común que producen efectos económicos, sociales y ambientales muy superiores a su impacto inicial, porque al distribuirse los beneficios de manera más que proporcional dentro del país y dentro de sectores económicos bajos y medios, tienen un efecto multiplicador parecido al que se ha logrado con el crecimiento del sector turismo, por ejemplo. Si se quisiera calificar de alguna manera estas propuestas bajo algún esquema filosófico o político, podríamos decir que Costa Rica requiere de un enfoque nacionalista, intermedio entre el socialismo y el liberalismo tradicionales, para salir adelante: Del primero requiere la sensibilidad de miras y del segundo la efectividad en los instrumentos, pero sólo un nacionalismo bien entendido permite medir la externalidades de la acción pública y privada y evitar así ser los tontos útiles de intereses ajenos. Un mejor país es posible y un gobierno con metas claras de beneficio a su población lo puede lograr, aún en medio de la crisis internacional como la que nos rodea… o quizá gracias a ella… * César Jaramillo Gallego posee una maestría en Economía y es asociado de ANFE.
DE CHAVEZ, CEDICE Y MI CACHUCHA DE GLOBOVISION Roberto Brenes Pérez*
Coincidieron en Caracas, la semana antepasada, varios eventos emblemáticos y críticos para la democracia venezolana. Desde el día miércoles 27 de mayo, diversas organizaciones liberales de América latina (RELIAL) se dieron cita en Caracas para discutir estrategias para encarar la Pobreza con fórmulas de mercado. El jueves 28 y viernes 29, se celebró el XXV aniversario de CEDICE, la organización venezolana estrella en la promoción de la libertad y la democracia. También el jueves se conmemoró el segundo aniversario del arbitrario cierre de radio Caracas televisión. Por la amplia cobertura que dieron mundialmente los medios, ya se sabe que el presidente Chávez no pudo aguantar la “agresión de la derecha” en su propio patio. Comenzó por incomodar a dos preclaros conferencistas del evento de CEDICE; Mario y Alvaro Vargas Llosa a quienes retuvo horas en el aeropuerto. A otros participantes los obligaron a molestos interrogatorios, incluso a pruebas de orina al entrar o salir. A todo esto, y durante los mismos días el propio comandante vuelve a reiterar la amenaza de cerrar el único canal televisivo independiente del país; Globovisión. Durante los tres días de sesiones acudieron a la plaza de Altamira frente al hotel sede, manifestantes de rojo gritando consignas y calificándonos con la novedosa diatriba de “lacayos del imperio”. Las protestas, como todo evento tarifado, se dieron puntualmente de 10 a 5. Por supuesto que el suceso cumbre del sainete tercermundista fue el reto a debatir que le hiciera el propio Chávez a Mario Vargas Llosa y que palmó de muerte natural, no sin que antes los apparatchiks bolivarianos, matizaran el fracaso con excusas y expresiones denigrantes y soeces contra los participantes y el evento. Sacando la estática ruidosa de las diatribas y las amenazas revolucionarias, los eventos liberales de Caracas fueron un éxito importante por al menos tres buenas razones: primero para dar apoyo y aliento a los venezolanos y a CEDICE. Todos los días y a todas las horas las salas del evento estuvieron repletas. Muchos de los participantes visitamos y dimos charlas en Universidades y escuelas. En todos lados vimos a los venezolanos ávidos de apoyo y de ideas. Fue ganar/ganar; mientras les llenamos las pilas a nuestros anfitriones, recargamos las nuestras. Segunda buena razón para estar en Caracas; examinar, a la luz de lo que sucede en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, una agenda de acción para apoyar y potenciar las ideas de democracia en todo el continente. No estamos frente a un fenómeno ideológico de izquierda, sino un populismo autoritario desmedido que se mueve entre la amenaza y la corruptela. La tercera razón, fue para reiterarnos a nosotros mismos que las ideas y los principios no se defienden sentados. La presencia en Caracas de intelectuales, políticos y ex jefes de estado para discutir y promover estas ideas en forma pacífica pero firme, no solo apuntala y esperanza a los venezolanos. También nos reafirma que es la acción la que cambia las cosas, y las acciones racionales y pacificas acaban triunfando. Propongo organizar un foro similar en Nicaragua pronto. Gracias al exilio que me obsequió la dictadura de Noriega, viví casi tres años en Caracas. Venezuela me duele. Chávez definitivamente no salió de la nada y buena parte de los dolores de la democracia en Venezuela son de viejo cuño. El gobierno de Chávez definitivamente ha venido de más a menos y su descarado empeño por estatizar y dominar todo y a todos es síndrome de su creciente inseguridad. Pero ¿cómo se siente el venezolano? Para tratar de calibrar los sentimientos del ciudadano, decidí caminar Caracas y hacer los trámites aeroportuarios de salida con una “cachucha” beisbolera con el logo de Globovisión. Sentí que habiendo vivido en Caracas y enfrentado en las calles de Panamá una tenaz dictadura, con mi muda encuesta sobre las orejas, podría leer el lenguaje corporal, y no tan corporal, de los venezolanos y sus sentimientos de democracia. Y si… la cosa está allí. Las cosas que la gente le dijeron a mi cachucha y a mi, son alentadoras. Muy poca gente, ignoró mi cabeza pero reprimieron sentimientos de simpatía, igual que aquí al principio de la lucha contra Noriega. En un puesto de Arepas yo “era el señor de la gorra de Globovisión”. Mas de una persona me dijo en voz baja, “’ ¿usted trabaja en Globovisión ‘?” hubo cierto alivio cuando dije que no. Pero a una mujer joven, frente a un plato de sopa camino a su trabajo que le pregunté -¿y tú que piensas? – solo atinó a decir, “después que coma hablamos” y se fue. Para los funcionarios de migración en el aeropuerto parece que fui invisible, pero sentí que era la invisibilidad de Lord Valdemorth, el enemigo de Harry Potter. A los venezolanos se les han hecho dura realidad las letras de su propio himno nacional: el despotismo ha levantado la voz. Es la hora de que hable el bravo pueblo que el yugo lanzó. Y todos con la democracia para Venezuela * Presidente de la Fundación Libertad de Panamá.
COMO ACABAR CON LA INFLACION, SIN MORIR EN EL INTENTO Por José Joaquín Fernández*
Por más de treinta años los costarricenses hemos visto envilecer el colón con consecuencias nefastas para nosotros. Este envilecimiento de nuestra moneda se ha tornado aún peor desde que el Banco Central de Costa Rica (BCCR) tuvo la ocurrencia de abandonar el sistema de minidevaluaciones y sustituirlo por un régimen de bandas cambiarias. Desde entonces, el diferencial entre compra y venta de la divisa se ha incrementado generando costos adicionales innecesarios para el sector productivo. Por otro lado, la volatilidad del tipo de cambio genera incertidumbre y mayores costos de producción reduciendo la inversión y generación de empleo. Además, la arbitrariedad en la intervención de las bandas cambiarias genera dudas sobre la honestidad del manejo de las mismas pues esos movimientos bruscos del tipo de cambio pueden generar ganancias multimillonarias para quienes sepan con anticipación el momento en que intervendrá el BCCR. Como si esto fuera poco, el mal manejo de la política monetaria hizo que la tasa pasiva básica pasara de 15.75% en junio del 2005 a 4.25% en abril del 2008. Esta tasa es fundamental para la economía costarricense porque los préstamos en colones se ajustan de acuerdo al movimiento de la misma. Es decir, si la tasa pasiva básica sube, también sube la tasa de interés del préstamo en colones y por ende sube la cuota mensual del mismo. Es por esta razón que las mensualidades de los préstamos han subido de manera alarmante ahora que en abril del 2009 dicha tasa llegó a 11.50% luego de alcanzar el 12% en febrero de este año. El BCCR sabía que una tasa de 4.25% era insostenible y sin embargo la redujo de manera artificial creando una burbuja e ilusión de crecimiento económico. Mucho más se puede decir de la pésima labor de la Junta Directiva del BCCR en el manejo de la política monetaria y por eso no es de extrañar que la economía costarricense tenga a febrero de este año una tasa negativa interanual de crecimiento del 4.9%.
Bien dice el Museo del Deutsche Bundesbank “El dinero juega un papel importante
en nuestra vida diaria. Pero solo el dinero estable es un buen dinero”. Si hay
mucho dinero en la economía se produce inflación y crecimiento artificial de la
economía. Muy poco dinero produce deflación y contracción económica. El problema
es que existen muchas definiciones de dinero: M0, M1, M2, liquidez total. Por
ejemplo, M0 es la suma de los billetes y monedas físicas en circulación. M1 es
M0 más los depósitos a la vista como cuentas corrientes. Es decir, puede ser que
la “liquidez total” este creciendo mucho pero que M1 esté decreciendo. Entonces,
¿cómo saber si hay presiones inflacionarias en Costa Rica o no? Afortunadamente,
esto es muy fácil de resolver de manera empírica. Otro de los errores fundamentales que está cometiendo el BCCR en este momento es el instrumento que está usando para controlar el crecimiento del dinero. Es bien sabido en la ciencia económica que el uso del encaje bancario es un pésimo instrumento para controlar la cantidad de dinero en circulación. El encaje es un impuesto, aumenta el margen de intermediación lo que implica que eleva las tasas de interés para los préstamos y castiga al ahorrante con menores tasas. Además, estimula la proliferación del sector informal (“garroteras”) en el sistema financiero. Por tanto, si el BCCR quiere acabar con la inflación sin que la economía, la producción y la inversión colapsen aún más, se debe eliminar el uso de encaje bancario como instrumento de control de la cantidad de dinero en circulación. En el caso que esto produzca un crecimiento importante en M1, el exceso se debe recoger con Bonos de Estabilización Monetaria (BEM) cuyo plazo de vencimiento debe coincidir con las necesidades futuras de liquidez de la economía. Es decir, si se recogieran 100 millones de colones con BEM y se sabe que la economía costarricense necesitará 100 millones de M1 adicionales en 18 meses para mantener una inflación nula, entonces el vencimiento del BEM debe ser a 18 meses. Solo así podremos acabar con la inflación sin morir en el intento. Otra opción que tiene el BCCR para eliminar el uso del encaje mínimo legal y evitar presiones inflacionarias es que abandone el absurdo de incrementar las Reservas Monetarias Internacionales (RMI). Hace unos años, las RMI equivalían a más o menos un mes de importaciones. Ahora equivalen a unos 3 ó 4 meses. Pero, ¿de dónde obtiene el BCCR esta idea de que incrementar el nivel de reservas es deseable o bueno para la economía del país? ¿Acaso no sabe el BCCR que no existe fundamento teórico para mantener reservas monetarias? Desde un punto de vista político, el nivel de las RMI solo sirven para determinar el tiempo en que el gobierno puede intervenir, manipular y alterar artificialmente el tipo de cambio. Si es cierto lo que dice el programa monetario del BCCR que el gobierno busca la liberalización cambiaria, entonces el nivel de las RMI, medida como meses de importaciones, debería reducirse y eventualmente llevarse a cero. En otras palabras, si el BCCR desea acabar con la inflación reduciendo el crecimiento de la oferta monetaria, lo puede hacer bajando los niveles de las RMI. Cuando el BCCR vende divisas, recoge liquidez. No hace falta usar el encaje mínimo legal como instrumento de control monetario. En aras de alcanzar un sistema cambiario libre, el BCCR debe buscar una legislación que permita la más absoluta libertad de transar divisas al punto que cualquier chinamo de frutas también pueda comerciar divisas. Hasta que esto no se logre, no se debe liberalizar el tipo de cambio. Sin embargo, uno debe seguir los buenos ejemplos y para el mundo Panamá es un gran ejemplo de un sistema monetario sano y un sistema financiero sólido. Panamá es el país de la región que mejor ha enfrentado la crisis financiera internacional. Sus pilares son ausencia de banco central y un sistema financiero altamente competitivo. ¡Sigamos el ejemplo panameño en materia financiera y monetaria!
*Esta exposición del economista José Joaquín Fernández fue ofrecida en la Academia de Centro América el 30 de abril del 2009.
¿SOMOS TODOS KEYNESIANOS? Ennio Rodríguez Céspedes* La frase que comúnmente se escucha en la actualidad “todos somos keynesianos ahora” fue pronunciada por Richard Nixon precisamente hacia el final del dominio intelectual de política económica keynesiana. Fue el ex presidente Nixon, quien al abolir el patrón oro, socavó una de las bases del orden mundial de la posguerra, el cual funcionó durante las décadas de los cincuentas y sesentas, y cuyo principal arquitecto fue precisamente el economista inglés John Maynard Keynes. En el periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra un conjunto de negociaciones para definir la arquitectura financiera del mundo produjo las instituciones globales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Se conocen como las instituciones de Bretton Woods por el lugar donde fueron diseñadas (cerca de Washington D.C.). Pero quizás algo de lo más sorprendente, a partir de setiembre 2008, es el retorno de algunas recomendaciones de política de ascendencia keynesiana al punto que la frase de Nixon es un lugar común. No cabe menos que recordar otra frase del propio Keynes cuando señaló que “hombre prácticos, quienes piensan que están exentos de cualquier influencia intelectual son usualmente esclavos de algún economista difunto”. De manera simplificada, hacia finales de la Gran Depresión, Keynes propuso que los mercados no necesariamente alcanzan el pleno empleo, como aseguraban la mayoría de los economistas de su tiempo. Puede haber equilibrios con desempleo. Por lo tanto, el Estado debe intervenir mediante un aumento del gasto fiscal para estimular la economía. Las tasas de interés pueden tener una limitada capacidad, a partir de cierto punto, para lograr el estímulo económico. Así nació la macroeconomía.
Milton Friedman, entre otros, lideró el ataque contra el keynesianismo, a partir de la posibilidad no prevista en este enfoque, de desempleo con inflación. Recupera por lo tanto, la prioridad de la lucha contra la inflación. Sin embargo, a raíz de la crisis, el retorno “keynesiano” incluye, no solo la defensa de los déficits fiscales (12 % del PIB en Estados Unidos), sino también el apoyo a las instituciones de Bretton Woods (ver declaración del G-20). Cabe recordar que el periodo posterior al abandono del patrón oro se caracterizó por la adopción del patrón dólar, lo cual permitió a Estados Unidos acumular desequilibrios comerciales y fiscales, y a los países europeos y emergentes asiáticos acumular superávits comerciales que retornaban como inversiones a los mercados financieros seguros y ampliamente desarrollados del país cuya moneda se convirtió en la reserva mundial. El mundo pasó a depender de los desequilibrios estadounidenses, los cuales mediante la desregulación iniciada en la Administración Reagan y políticas monetarias y fiscales expansionistas, han generado la locomotora para acarrear el dinamismo de la producción mundial. Todo esto acompañado de un cambio tecnológico sin precedentes. No obstante, la combinación de la desregulación de mercados con asimetrías de información de parte de los agentes económicos y las políticas expansivas generó, mediante el abuso, las burbujas especulativas, las cuales, al pincharse eventualmente, sumieron al mundo en crisis económica. Este desequilibrio global es absolutamente contrario a la visión de Keynes, quien propuso un Fondo Monetario Internacional capaz de disciplinar no solo a los países en desarrollo, sino también a los ricos, y para evitar desbalances como los actuales, también a los países superavitarios en su comercio exterior. Tampoco es compatible con los modelos keynesianos la actual globalización del comercio y las finanzas. Las propuestas de este economista suponían economías cerradas, donde el comercio era relativamente marginal al tamaño de las economías desarrolladas (como lo fueron efectivamente durante su vida). Si bien algunas de las prescripciones de política económica en boga tienen un claro antecedente keynesiano, la integración global de mercados, gracias a las nuevas tecnologías, cambió los supuestos de la política económica de Keynes y de muchos otros. Pero también cabe especular que Keynes estaría absolutamente desvelado por los desequilibrios globales de comercio y finanzas que tienen atrapada a la economía mundial más allá de la crisis actual. *Este ensayo del economista Ennio Rodríguez fue publicado en el periódico La Nación del 5 de junio del 2009.
EL GRAN DIÁLOGO Kevin Casas Zamora*
Advierte Isaiah Berlin en un ensayo luminoso que una de las ideas recurrentes del pensamiento político occidental es la tentación utópica, la noción de que a los seres humanos nos es dado conocer y aun realizar en la tierra un modelo de sociedad en el que prevalece la verdad y se disuelven los dilemas fundamentales de la condición humana. El asunto viene a cuento porque, exasperados por los vicios y carencias de nuestra democracia, quienes participamos en nuestros debates públicos venimos mostrando síntomas del virus utópico desde hace tiempo. La muestra más común –de la que yo mismo he sido víctima—es la de afirmar que la solución a todas nuestras desventuras reside en el Gran Diálogo Social (así, con mayúscula), del que emergerá, por consenso, el modelo de desarrollo que habrá de proyectarnos al futuro. Jóvenes y viejos, sindicalistas y empresarios, leones y corderos pastarán juntos entonces. Algunos nos hablan del imperativo de reproducir en Costa Rica una especie de Pacto de la Moncloa, análogo al acuerdo social que formó parte de la transición española. Puede ser. Pero entre más lo pienso, más me parece que ese gran acuerdo nacional –aunque deseable—no es ni suficiente ni necesario para construir un futuro de prosperidad. A fin de cuentas, ninguna de las transformaciones que han definido el rumbo de Costa Rica –ni la universalización de la educación primaria, ni las Garantías Sociales, ni la abolición del ejército, ni la nacionalización bancaria, para poner algunas—ha sido fruto de una gran negociación participativa, como decimos ahora. Por el contrario, casi todas han sido resistidas con uñas y dientes por muchos sectores, como cabe esperar tratándose de cambios profundos. Mi escepticismo se aplica, con particular intensidad, a las asambleas constituyentes, que casi nunca resuelven definitivamente los dilemas políticos de una sociedad. Y si lo intentan, producen constituciones que no duran mucho. Aquí es paradigmático el caso de la Constitución norteamericana, capaz de resistir los embates del tiempo precisamente en virtud de su irritante ambigüedad, de su transparente falta de transparencia y hasta de su silencio deliberado en temas cruciales, como las potestades del gobierno federal o, en su día, la esclavitud. El genio de Madison no radica en haber sido un constructor de utopías, sino en haber diseñado –a través de componendas políticas, algunas francamente deshonrosas—un conjunto de reglas básicas que han permitido que esos debates centrales continúen civilizadamente hasta el día de hoy, mediante movimientos pendulares, a través de imprevisibles avatares y sin ninguna pretensión de finalidad. No digo que no hagamos una Constituyente, sino que tengamos muy claros sus límites y que no la carguemos de expectativas exageradas. Quizá nos falta una dosis de humildad en el país. Hemos sido presa en los últimos tiempos del uso constante de lenguaje hiperbólico –con sus anuncios de cielos e infiernos en cada política pública que nos toca debatir— y de una sensación de auto-importancia, que los historiadores del futuro verán con algún desconcierto. Si hemos de labrar un país mejor, me parece que lo primero que debemos hacer es asumir con mayor modestia nuestra capacidad –como individuos y como generación— para modificar la trayectoria histórica del país. Podemos modificarla, pero no sucederá como resultado de un gran hito de ruptura o refundación del que seremos artífices, sino como el producto de la acumulación gradual de pequeñas decisiones sobre temas específicos, determinaciones cuyo alcance muchas veces apenas alcanzaremos a conjeturar en el momento de tomarlas. Así construyen la historia las sociedades libres, en las que vale la pena vivir. No mediante episodios de iluminación colectiva ni arrebatos utópicos, sino quitando y añadiendo retazos a la colcha de una historia colectivamente construida. En una democracia esa colcha es siempre disonante y hasta caótica, pero también es siempre mejorable. Esa es la clave. Tengo dudas de que necesitemos un Gran Diálogo. Tal vez nos haga falta más paciencia con los procedimientos de la democracia, agobiantes aquí y en todas partes. Tal vez nos haga falta más confianza en que la simple regla de la alternancia en el gobierno le permitirá a casi todos participar tarde o temprano en la construcción de nuestro destino; más confianza en que los pequeños diálogos sobre temas concretos, aunque no nos permitan dar el Gran Salto Adelante, tienen posibilidades reales de hacernos avanzar un centímetro a la vez; más confianza en que la empatía, la capacidad de ponernos en el lugar de quien nos adversa y no maltratarlo innecesariamente, puede hacer posible el milagro de una discusión civilizada y productiva, un punto que yo, en particular, he aprendido con mucha dureza. Moncloa o no Moncloa, Constituyente o no Constituyente, seguiremos condenados, si tenemos suerte, a avanzar a brincos y a saltos, a debatir para siempre el tipo de sociedad que queremos, a tolerarnos y a construir equilibrios imperfectos entre valores incompatibles. Eso nos puede parecer un valle de lágrimas, pero es mejor que todas las otras opciones. *Artículo publicado en La Nación del 11 de junio del 2009
MAESTRO DEL RACIONALISMO LIBERAL
En el centenario de Isaiah Berlin, su legado intelectual goza de gran salud
Por Eduardo Ulibarri Bilbao*
En un siglo que, como el XX, padeció los peores embates del pensamiento determinista, con sus secuelas de totalitarismo, intransigencia y subordinación individual a las “corrientes inevitables” de la historia, Isaiah Berlin fue un implacable destructor de falacias y un persuasivo tribuno de la libertad. Lo hizo desde el racionalismo crítico, mediante agudos análisis de las ideas en los que destacaron la solidez de sus reflexiones, la fluida transparencia de su estilo y un riguroso apego a la honestidad intelectual. El 6 de junio se cumplieron cien años de su nacimiento en Riga, capital de Letonia, en el seno de un matrimonio judío que se vio forzado a huir del país tras la Revolución Soviética. A partir de entonces, la familia se estableció en Gran Bretaña, donde Berlin desarrolló una creciente y distinguida carrera académica desde sus cátedras en Oxford. Murió en un hospital londinense el 5 de noviembre de 1997. De él dijo su colega William Waldegrave: “Si me hubieran pedido que les mostrara a lo que me refiero por el ideal de lo inglés, les habría llevado a ver una mezcla de todas las culturas de Europa: letona, judía, alemana, italiana. Les habría llevado a ver a Isaiah Berlin”. Lucidez reflexiva.- Agudo pensador, conversador insigne, melómano pertinaz y amigo de la correspondencia, no se consideró un filósofo político, sino un historiador del pensamiento, particularmente de los siglos XVIII y XIX. Nunca publicó una obra estructurada sobre filosofía política general. Su lúcida reflexión sobre la libertad no partió de esquemas conceptuales totalizadores, ni pretendió sistematizar, bajo un solo arco, sus componentes, dinámicas y desafíos. Al contrario, Berlin fue construyendo su corpus analítico y conceptual de manera progresiva y circular, mediante diversos trabajos sobre pensadores, circunstancias y conceptos específicos. La mayoría de sus libros fueron recopilaciones de conferencias, discursos y ensayos. Pocos, como su excelente biografía sobre Carlos Marx, publicada en 1939, siguieron un solo hilo argumental. Tal como escribe Patrick Gardiner en su introducción a El sentido de la realidad, si optamos por un abordaje superficial de la heterogénea y dispersa obra de Berlin, podremos suponer que su pensamiento discurre por corrientes separadas, sin conexión entre sí. Pero un examen más concienzudo y profundo revela “un intrincado patrón de ideas sutilmente interconectadas”. Las libertades.- Uno de sus principales aportes intelectuales, componente esencial de ese “intrincado patrón”, es la distinción entre libertad negativa y libertad positiva. Para Berlin, la libertad negativa es la ausencia de limitaciones o restricciones a los individuos. La positiva consiste en la realización de nuestros propósitos: la posibilidad de “hacer” y desarrollar nuestro potencial. Puesto a escoger entre ambas, se inclina claramente por la primera. Parece una proposición modesta, pero encierra una aguda reflexión. La libertad negativa nos protege de imposiciones; así, se convierte en una suerte de seguro contra el despotismo. La positiva, en cambio, puede impulsarnos a ampliar los ámbitos de acción, pero a riesgo de que algunos, para “ayudarnos”, interfieran en nuestras vidas, o que nosotros interfiramos en las de otros. Su argumentación más articulada al respecto se encuentra en Cuatro ensayos sobre la libertad, el libro que mejor resume su pensamiento, y donde también desarrolla el concepto de la libertad como un valor autónomo. Para Berlin, “cada cosa es lo que es: libertad es libertad, no igualdad o equidad o justicia o cultura, o la alegría humana o una conciencia tranquila”. Y considera una “confusión de valores” suponer que, al limitar la libertad individual para impulsar otros fines, se incremente una libertad “social” o “económica”. Lo que ocurre, al contrario, es una pérdida neta de libertad. Choque de valores.- Esto no quiere decir que rechace otros valores, porque Berlin, incluso, acepta la posibilidad de que, en ciertas ocasiones, “la libertad de alguien… pueda ser limitada” para asegurar la de otros. En tales casos, asistimos a un choque de principios, frente al cual “debe encontrarse un compromiso práctico” y justo. Cómo abordar las frecuentes pugnas entre valores equivalentes, a las que nos enfrentamos los seres humanos y las sociedades, es otra constante de sus reflexiones, con profundas implicaciones éticas y políticas. “Estamos condenados a escoger, y cada escogencia puede conducir a una pérdida irreparable”, escribe, porque “los fines de los hombres son muchos, y no todos ellos en principio compatibles”. Frente a los recurrentes conflictos, Berlin considera que “lo mejor que puede hacerse, como una regla general, es mantener un precario equilibrio, que prevenga la ocurrencia de situaciones desesperadas, de escogencias intolerables”. Este es “el primer requisito para tener una sociedad decente”. Resulta lógico suponer que una persona tan alerta del imperativo de escoger y conciliar entre objetivos o conceptos contrapuestos, rechace cualquier asomo de determinismo para explicar o guiar la historia y la conducta de las personas. Berlin reconoce que “uno de los deseos humanos más profundos es encontrar un patrón unitario en el cual la totalidad de las experiencias, pasadas, presentes y futuras; actuales, posibles y no alcanzadas, sea ordenada simétricamente”. Sin embargo, rechaza de plano tal pretensión. Porque, si suponemos que la historia y la gente están determinadas por poderosos factores incontrolables, ¿qué valor tiene la vida individual?; ¿no se justificaría, entonces, aniquilar, torturar o exiliar a quienes obstruyan tales “leyes” históricas? Las respuestas ya fueron dadas por Hitler, Mussolini, Lenin, Stalin, Castro o Pol Pot. Berlin, propone trascender aquello que pueda ser “abstraído y condensado” en leyes sociales deterministas. En su lugar, recomienda abordar la historia como “un retrato” lleno de matices y profundidad perceptiva, que transmita el carácter único de cada momento. Juicio político.- Como resultado de este abordaje, afirma que el buen juicio de los políticos no se basa en conocer macroteorías ni “en preguntarse a sí mismos en qué sentido una situación dada se parece o no a otras en el largo curso de la historia”. Más bien, deben “apreciar la combinación única de características que constituyen esta situación particular: esta y no otra”, y actuar en consecuencia. Gracias a su depurada visión de lo específico, a su sutil instrumental analítico y a su capacidad de referir los conceptos a vidas y experiencias, Berlin no es solo fuente de lucidez; también lo es de deleite. Su agudeza conduce a la empatía con los personajes que aborda. Pero como, en sus palabras, “entender no es aceptar”, el resultado, a menudo, es la crítica respetuosa y severa, de la que pasa a las síntesis conceptuales, fundamentos su sólido andamiaje intelectual. A los cien años de su nacimiento, ¿cómo compararlo con otros grandes pensadores que, en el siglo XX, también impulsaron con vigor el pensamiento liberal, entre los que destacan luminarias como Karl Popper, John Rawls, Norberto Bobbio o Raymond Aron? Difícil decirlo. Pero es fácil imaginar que si, en un hipotético futuro, Berlin pudiera escribir sobre ellos, sus juicios serían los más justos de todos.
*Artículo publicado en el periódico La Nación del viernes 19 de junio del 2009. El autor es periodista de profesión. |
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