Asociación Nacional de Fomento Económico ANFE 

Boletín Marzo del 2009

 

Mensaje de la Presidencia de ANFE 

Pensamientos de liberales

Columna Libre La crisis actual y la política impositiva - Carlos Federico Smith

Liberalismo Político - Oscar Alvarez Araya

Sombrero en el suelo - Andrés I. Pozuelo A.

La sociedad emergente - Andrés I. Pozuelo A.

Los pingüinos están a salvo - Andrés I. Pozuelo A.

La lengua no es inofensiva - Laurencia Sáenz

¿Quién gobierna en Costa Rica? - Rubén Hernández Valle

 

 

Novedades en el sitio web de ANFE

¡NUEVO! Columnas de ANFE del mes de marzo del 2009

MENSAJE DE LA PRESIDENCIA DE ANFE

 

Para los próximos días, concretamente el miércoles 22 de abril, en nuestras instalaciones ubicadas 200 metros al oeste de la Casa Italia, al costado norte de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en el Barrio Francisco Peralta, se realizará el foro “Análisis de la Economía Costarricense para el 2009”, en la cual expondrán nuestros Directores, los economistas Juan Muñoz Giró y este servidor.  Evidentemente este es un tema objeto de la atención de nuestros asociados, amigos y la sociedad en general por razones obvias.  La entrada es gratuita y habrá un refrigerio al final de la actividad.  Como el cupo es limitado, se ruega reservar lo más pronto posible, a partir del regreso de la Semana Santa, a nuestros teléfonos 2253 4460, 2224 7350, 2253 4497 y 8376 1947.

 En este boletín, además de la Columna Libre que usualmente escribe don Carlos Federico Smith y la cual trata la faceta tributaria de medidas destinadas a paliar la recesión, bajo el título “La Crisis Actual y la Política Impositiva”, también presentamos la columna usual “Pensamientos de Liberales,” aunadas a una colaboración del politólogo Dr. Oscar Alvarez Araya, Director de ANFE, que aparece bajo el nombre “Liberalismo Político”.  También de nuestro frecuente colaborador y miembro de la Junta Directiva de ANFE, Ing. Andrés Pozuelo Arce, en este boletín incluimos tres de sus artículos “Sombrero al Suelo en el G-20”, “La Sociedad Emergente”, y “Los Pingüinos Están a Salvo”. En esta oportunidad ANFE se siente muy afortunada de poder reproducir dos importantes ensayos recientemente publicados en la prensa nacional, uno de la filósofa Laurencia Sáenz, bajo el nombre “La Lengua No Es Inofensiva”, y otro interesante artículo del jurista Dr. Rubén Hernández V., titulado “¿Quién Gobierna en Costa Rica?”.

 

Jorge Corrales Quesada         Presidente de ANFE

 

 

PENSAMIENTOS DE LIBERALES

 

“En los años ochentas, la gran historia sobre competencia impositiva fue la reducción de las tasas marginales del impuesto sobre la renta a individuos y a las empresas en los mayores países industriales, tales como Inglaterra y los Estados Unidos.  En los años noventas se intensificaron los recortes de las tasas y se extendieron hacia un mayor número de países.  En esta década la historia más excitante acerca de la competencia tributaria fue la revolución de los impuestos bajos y uniformes (flat tax).  Para el 2008 25 jurisdicciones habían adoptado impuestos sobre la renta individual con una tasa única.  Este “club del flat tax” se está haciendo más grande año tras año.

 Irónicamente, el antiguo mundo comunista es la fuente de las reformas hacia un impuesto bajo y uniforme… En numerosos países, las reformas hacia el flat tax han recibido el apoyo de partidos políticos tanto de la derecha como de la izquierda.

 Los países con flat tax han tomado la decisión de deshacerse de sistemas de impuestos a los ingresos con tasas múltiples o ‘progresivos’ en favor de sistemas con una tasa única que poseen menos deducciones, exenciones y créditos.  Hoy en día, la tasa individual promedio en los países con flat tax es de tan sólo un 17 por ciento.  La mayoría de los países con flat tax también han recortado sus impuestos a la renta de las empresas y la tasa media en estas naciones es de tan sólo un 18 por ciento. (Chris Edwards & Daniel J. Mitchell, Global Tax Revolution: The rise of tax competition and the battle to defend it, Washington D. C.: Cato Institute, 2008, p. 57).

 

“Los enemigos de la libertad han inventado en los últimos tiempos nuevas ideas para combatirla, pero sin nunca reconocer que ése es su propósito.  Así, han inventado los que llaman los ‘derechos colectivos,’ los cuales no son más que un arma contra los derechos individuales y en particular contra la libertad…

 La libertad está hoy en riesgo. Cada vez son más intensos los esfuerzos por limitarla. Los gobernantes la restringen con el argumento de que quieren lograr una mejor distribución de la riqueza, cuando lo único que consiguen es un mejor reparto de la pobreza. Pretenden también proteger al individuo de sus debilidades y le prohíben usar ciertas sustancias o disfrutar de ciertos placeres.  Al final sólo crean mercados negros en los que prevalecen los intereses más oscuros y la violencia.” (Sergio Sarmiento, “Caminos de la libertad,” en Fomento Cultural Grupo Salinas, editor, Segundo Concurso de Ensayo: Caminos de la Libertad, Memorias, México, D. F.: Grupo Salinas, 2008, p. p. 18-19).

  

 

COLUMNA LIBRE

 

LA CRISIS ACTUAL Y LA POLITICA IMPOSITIVA

                                                                                             

Hay una gran preocupación acerca de las implicaciones fiscales de las decisiones presupuestarias tomadas por la administración Obama como medidas para lograr salir de la actual crisis económica.  Si bien la parte fiscal comprende básicamente tres partes fundamentales y relacionadas entre sí, como son los impuestos, el gasto público y la deuda pública, además de que tienen efectos sobre otras y diversas variables macroeconómicas, como lo pueden ser el tipo de cambio, la estructura de las tasas de interés, entre muchas otras, en esta ocasión me referiré a algunos aspectos de los planteamientos tributarios formulados, así como a la experiencia impositiva durante la Gran Recesión de los años treinta, debido a la lección que se puede derivar de ella.

 El último paquete fiscal aprobado por el Congreso de los Estados Unidos en realidad es algo confuso en cuanto a la política impositiva; esto es, en lo referente a reducciones o aumentos de diversos impuestos, pues incluye algunas notables decisiones que se plantean como si fueran reducciones en los gravámenes, pero, en realidad, constituyen nuevos subsidios a grupos –independientemente de su merecimiento- en vez de reducciones tributarias efectivas.  Ejemplo de esto es el anuncio de que en los próximos días se dará una presunta devolución de impuestos bajo el programa llamado Making Work Pay tax credit, mediante el cual el Ministerio de Hacienda de los Estados Unidos daría $500 a cada trabajador o $1.000 a cada familia trabajadora, todo por un monto total estimado de $116 billones de dólares, que forma parte del llamado estímulo tributario que el Presidente Obama ha impulsado recientemente.

 Pero en realidad no es que esta “devolución de impuestos” significa en verdad una reducción de los gravámenes por este monto, puesto que muchos de quienes recibirían la devolución (“rebate”) no pagan impuestos sobre la renta, al estar sus ingresos por debajo de los montos imponibles.  Por ello se ha mencionado que la mayor parte de esa “devolución” no es sino un nuevo programa de subsidios, que podrían justificarse como alimento keynesiano que impulse la demanda agregada, pero que no satisface el criterio de reducción impositiva.

 También debo manifestar ciertas dudas acerca de la posible eficiencia de dicha política para estimular una supuestamente insuficiente demanda agregada.  El profesor Milton Friedman expuso su teoría de la función consumo, la cual, a diferencia de la función de consumo keynesiana que depende del ingreso medido del momento, está en función de las expectativas de ingresos pero a un plazo mucho mayor que el de plazo inmediato que formulara Keynes. Así, de acuerdo con Friedman, variaciones de corto plazo, transitorias, en los ingresos no tienen efecto significativo sobre el consumo; simplemente, lo que hace es variar el ahorro. Una baja en los impuestos que se considera como transitoria, por ejemplo, se reflejaría más que en un aumento en consumo, en un alza del ahorro. Para Friedman el determinante del consumo lo es el ingreso permanente, definido por los activos físicos y humanos que poseen los consumidores y que influyen en su capacidad para obtener ingresos a lo largo del tiempo.

 De acuerdo con esta idea, es de esperar que, en tanto la “devolución” de impuestos, según la propuesta del presidente Obama, sea percibida por sus receptores como un ingreso transitorio, el efecto sobre el gasto total será relativamente pequeño, y más bien se reflejará en un incremento de los ahorros individuales.  En efecto, ya hace más de medio año, durante la administración Bush, se intentó una devolución tributaria similar y el resultado fue que no se elevó significativamente el gasto total en la economía, tal como era el objetivo de dicha devolución.  Estos resultados se ajustaron a la predicción friedmaniana sobre la naturaleza de la función de consumo.

 Tampoco el paquete actual del presidente Obama parece contener importantes reducciones tributarias orientadas a compensar lo que Hayek y Mises denominaron como “recesión secundaria”, en la cual el sector privado inversionista, plagado de incertidumbre y dudas sobre la posible recuperación de sus inversiones, se abstiene de llevarlas a cabo en tanto perdure dicha incertidumbre generalizada. No hay, por ejemplo, una propuesta que reduzca los muy elevados impuestos sobre las utilidades de las empresas en los Estados Unidos. En efecto, entre los países que conforman la llamada Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), la tasa máxima de impuestos a los ingresos de las empresas en los Estados Unidos es la segunda entre ellos (un 40%, mientras que el deshonroso primer lugar lo posee Japón con un 40.7%), y está un 13% por encima del promedio de los países de la OECD, según lo señala el libro de Chris Edwards y Daniel J. Mitchell, Global Tax Revolution: The rise of tax competition and the battle to defend it (Washington D. C.: Cato Institute, 2008), p. 45. 

 Tampoco el paquete de Obama contempla reducciones de otros gravámenes que actualmente podrían constituir un freno para la inversión privada, como podría ser el elevado impuesto sobre las ganancias de capital. Parece que, de lo poco bueno que desde el punto de vista tributario contiene el último paquete de Obama, es que, por el momento, no echará para atrás algunas reformas tributarias llevadas a cabo por la administración Bush, que efectivamente se pueden considerar como favorables para el crecimiento económico.

 La experiencia tributaria sucedida en los Estados Unidos durante la Gran Depresión de los años treinta, que se ha señalado como uno de los factores que prolongó la recesión e impidió una pronta recuperación, podría ser útil tenerla presente. En lo más profundo de aquélla, en 1932, el Presidente Hoover aprobó el mayor aumento de impuestos en su país en un período que no fuera de guerra.  En el caso del impuesto personal sobre los ingresos, la tasa marginal más elevada pasó de un 25% a un 63% (les apuesto que a ritmo del estereotípico “que los ricos paguen como ricos y los pobres paguen como pobres”), mientras que el correspondiente a las empresas se elevó de un 12% a un 14%.  Pocos años después y aún en medio de la recesión, el Presidente Franklin D. Roosevelt aumentó más estos gravámenes (en 1936 la tasa máxima del impuesto personal sobre la renta fue incrementada hasta un 79%).

 Entre 1933 y 1940 los programas del llamado New Deal de Roosevelt se triplicaron desde $1.6 billones a $5.3 billones, debido a aumentos no sólo de los ya mencionados del impuesto a la renta, sino también a la herencia, específicos de consumo, a “holdings” de empresas, sobre “utilidades excesivas”, entre otros. Deseo mencionar que, en el caso de impuestos específicos, aumentaron los gravámenes a las bebidas alcohólicas, a los cigarrillos, la margarina (les apuesto que para proteger a los lecheros productores de mantequilla), jugos de frutas, fósforos, dulces, goma de mascar, refrescos no alcohólicos, llamadas telefónicas, naipes, llantas (incluyendo las de sillas de ruedas), entradas a los cines, electricidad, radios, entre muchos otros.  Como señala Jim Powell (How FDR’s New Deal Harmed Millions of Poor People, Instituto Cato, 29 de diciembre del 2003), “Un reporte del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos reconoce que estos impuestos específicos ‘a menudo recayeron desproporcionadamente sobre los menos solventes’”.

 Además de los gravámenes específicos referidos, se duplicó el impuesto a la propiedad, se volvió a poner un gravamen sobre los regalos que hacían las personas y, uno muy interesante, un impuesto del 2% a los cheques bancarios, que, por supuesto alentó a que hubiera un traslado desde el dinero bancario hacia el efectivo, contribuyendo a disminuir la oferta monetaria en circulación, si bien posiblemente en un grado menor a lo que fue la absurda política monetaria restrictiva seguida por el Banco de Reserva Federal durante este episodio, pero que, en todo caso, contribuyó en algo a que se profundizara la recesión.

 Al igual que en los Estados Unidos, en Costa Rica es necesario estimular la asunción de riesgos por parte de la empresa privada, a fin de que lleve a cabo la inversión necesaria para aprovechar la recuperación esperable de la economía mundial.  El empresario nacional está sumido en la incertidumbre proveniente tanto de la situación económica mundial como de las circunstancias nacionales, principalmente derivadas de una política monetaria y cambiaria que incluso ha estimulado una fuerte dolarización de la economía, como forma de protegerse ante dicha incertidumbre. Dentro del llamado Plan Escudo se había mencionado que habría medidas fiscales que estimularan la inversión privada, a fin de que generara empleos (a diferencia de una generación de empleo relativamente improductiva en el sector público) y que permitiera preparar nuestra estructura productiva para el período de recuperación.  Sin embargo, la propuesta tributaria lógica hasta el momento ha sido casi nula: un ligero aumento en la deducción tributaria posible para efectos del impuesto sobre la renta de las empresas por la depreciación de los activos. Esto no va a tener efecto alguno en cuanto a estimular la asunción de mayores riesgos por parte de las personas privadas y más bien conforma una promesa incumplida que más bien alimentará la incertidumbre del inversionista.

 Es conveniente que nuestras autoridades repasen un poco las erróneas políticas tributarias seguidas por los Estados Unidos durante la Gran Depresión de los años treinta y decidan, de una vez por todas, si es que de verdad quieren alimentar la recuperación y generar empleo en el sector privado, mediante una rebaja de los impuestos tal estimule la asunción de riesgos en nuestra economía. Sin embargo, para nuestra consternación lo contrario parece asomarse en el horizonte. De acuerdo con lo informado por el periodista Mario Bermúdez en el periódico El Financiero del 3 de abril, “la caída en los ingresos tributarios ya motivó una estrategia de emergencia (la negrita está en el original), en la cual destacan los dos proyectos enviados a la Asamblea Legislativa, autorizaciones temporales para financiar con ingresos extraordinarios  el gasto corriente, y para aumentar el endeudamiento interno en dólares.” Esto lo ha anunciado el Ministro de Hacienda, quien posiblemente con esto nos está avisando una salida del cargo actual para lanzarse como candidato a una diputación por la provincia de Heredia. Es bastante extraña dicha estrategia: “aquí propongo más impuestos para que voten por mí”.  Por lo que podría anunciarnos una buena dosis de demagogia tipo que “quienes más tienen que paguen más impuestos”, dejando de lado las actuales circunstancias penosas en que transcurre nuestra economía.

 En contraste con lo que expuso Keynes como medida anti-recesiva –una disminución de los impuestos-  quienes, tal vez sin decirlo explícitamente ahora se declaran keynesianos, están proponiendo hacer lo contrario: aumentar los impuestos.  Con ello, tal como sucedió con la Gran Depresión de los treinta en los Estados Unidos, lograrán profundizar y evitar una pronta recuperación de la economía.  Quedan advertidos de su potencialmente grave error. Ojalá que la ambición política no nuble los buenos sentidos que se han empleado en el pasado reciente.

  

Carlos Federico Smith

Queda debidamente autorizado para reproducir esta columna en el medio de su predilección.

LIBERALISMO POLÍTICO

Óscar Álvarez Araya*

 

Con justicia se ha calificado al inglés John Locke como el Padre del liberalismo político. En su Ensayo sobre el gobierno civil (1690)  introdujo toda una nueva visión sobre la política que constituyó un verdadero salto hacia adelante en la historia del pensamiento social: su doctrina política trató de legitimar la revolución liberal inglesa de 1688. Es decir que su teoría iba atrás de los acontecimientos que en su patria dieron lugar a una monarquía constitucional y  parlamentaria que constituía entonces una novedad.

 Para Locke el peor gobierno es la monarquía absoluta o tiranía que era el predominante en su época (con las excepciones de Holanda e Inglaterra) y que según su criterio consistía en el ejercicio del poder fuera de la ley.

 En la monarquía absoluta el poder estaba concentrado en una persona, el rey o la reina, quien hacía las leyes, las ejecutaba y también juzgaba en nombre de la ley. Ante esa realidad política predominante en la Europa del siglo XVII, propugna la suscripción de un pacto social como medio para fundar una sociedad civil en la que nacerá un gobierno representativo de la mayoría en el marco de la ley.  En ese gobierno, sin embargo, la minoría deberá ser respetada, conservar sus derechos, y eventualmente podrá convertirse en mayoría.  

 El gobierno civil se diferencia de la monarquía absoluta en varios sentidos: nace de la voluntad de la mayoría y no de la herencia dinástica, representa a la comunidad política y no a una casa reinante y se mueve dentro de la ley y no dentro de la arbitrariedad y la intolerancia de un monarca todopoderoso.

 La preocupación central de Locke es como sustituir a las monarquías absolutas que eran vistas entonces como la forma legítima de gobierno por un tipo de gobierno nuevo, desconocido en su tiempo y basado en el supuesto de que la mayoría de ciudadanos iguales entre sí debía prevalecer sobre el gobierno de uno sólo.  

 Para frenar o sustituir el poder del monarca absoluto propuso varios caminos:

  En primer lugar el pueblo debe ser el soberano aunque delega esa soberanía en los poderes legislativo y ejecutivo. En segundo lugar los poderes del estado deben estar divididos para evitar que se concentren en una sola persona. En tercer lugar ante el poder ilimitado de la monarquía absoluta ha de introducirse un estado de derecho que garantice al menos tres derechos naturales esenciales, el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad de los ciudadanos. En la sociedad civil los ciudadanos dejan atrás la libertad natural de la que disfrutaban en el estado natural y pasan a vivir en la libertad civil, que es una nueva forma de libertad dentro de la ley.

 Con este tipo de ideas que hoy nos suenan tan sencillas y comunes Locke se convirtió en el fundador del liberalismo político y en doctrinario de las democracias representativas modernas, comenzando por su confirmada influencia en la Declaración de Independencia y en la Constitución de los Estados Unidos de América.

 Uno de sus discípulos fue el francés Barón de Montesquieu, especialmente en su célebre capítulo sobre la división de poderes de su obra cumbre “El Espíritu de las leyes.” Montesquieu apunta también contra el absolutismo que se caracterizó por la concentración del poder en un solo individuo: “el Estado soy yo”.

 Su propuesta de la división de poderes tiene un objetivo muy claro y explícito: lograr la libertad política y evitar la tiranía. Establece la división de poderes pero además señala que cada poder debe servir de freno o contrapeso a los demás. Así por ejemplo el ejecutivo puede vetar las leyes del legislativo y éste puede y debe examinar y controlar las acciones del ejecutivo dando como resultado un balance o equilibrio que hace posible la libertad política.

 El liberalismo de Montesquieu no llegó a proponer la república democrática, fue más bien un liberalismo moderado propio de un aristócrata que se conformaba con una monarquía parlamentaria, pero de todos modos sus ideas contribuyeron de manera significativa a minar el antiguo régimen autocrático de los reyes y fueron muy influyentes en el clima ideológico que precedió a la Revolución Francesa de 1789.

 Tanto Locke como Montesquieu fueron clásicos de un liberalismo político ascendente que para bien de Europa y de la humanidad destronó a las nefastas monarquías absolutas inspiradas generalmente en el Derecho Divino de los Reyes.

 Hay que releer a los grandes del pensamiento político para comprender mejor el surgimiento de nuevas monarquías absolutas disfrazadas de un hiperpresidencialismo autoritario que opera dentro de la democracia, tal y como sucede hoy en Venezuela y Nicaragua.

 *Escritor y politólogo

SOMBRERO EN EL SUELO

Andrés I. Pozuelo A.

Yo antes me consideraba un realista, y con esto me refiero al realismo científico. El realismo científico sostiene que (i) existe una realidad objetiva, (ii) que el objetivo primordial de la ciencia es describir y explicar (además de predecir) los hechos de la realidad y (iii) que la ciencia consigue su objetivo gracias a la aplicación del método científico (Wikipedia, 2009). del conocimiento (Hayek) de lo que va a pasar y de lo que deviene, de acuerdo con nuestra limitada observación, se ha convertido en un arma suicida.

Esto me llevó inclusive a aceptar que la política no es el arte de lo posible, sino el arte de lo predecible, según la visión de Morgenthau (Politics Among Nations). Pero, al observar lo que acontece hoy en el mundo, debo admitir que los seres humanos no estamos del todo estructurados para analizar las cosas más allá de lo que ocurre en el momento inmediato y que la presunción.

Por eso, tratar los fenómenos complejos como si fueran simples o pretender encapsular lo desconocido en estructuras de ideas y conceptos ingeniosos es precisamente lo que está causando el aparente caos económico actual. Los políticos y economistas le siguen dando rienda suelta a su arrogancia, al querer planificar, intervenir, medir y predecir los fenómenos económicos complejos. “Existen muchas razones –dice Hayek– para estar precavidos de los peligros de la aceptación poco crítica de enunciados que tienen la apariencia de ser científicos”; y si a esto le añadimos el batallón de expertos en política pública y gurús económicos (que abundan) podemos decir que el futuro luce sombrío.

En la reunión de los miembros del G–20, o mejor, el P–20 (por Perdidos en el Espacio), las sacadas de pecho no se hicieron esperar. El flamante presidente de Francia Nicolas Sarkozy amenazo incluso con levantarse de la silla, al mejor estilo napoleónico, si al fin de la reunión no se conseguía el marco regulatorio que él deseaba en el plano internacional. No le conviene a Sarkozy olvidarse de la anécdota histórica conocida como “el sombrero en el suelo”, alusivo a la histórica reunión entre Napoleón y el princípe austriaco Matternich en junio de 1813. En dicha reunión, posterior a la derrota de Francia en Rusia, Napoleón trata de intimidar al príncipe con el objeto de que no insista en una coalición europea antinapoleónica para detener el poderío francés. Napoleón, furioso, tira su sombrero al suelo… que nadie recogerá, excepto el propio y desventurado Napoleón.

No es mi deseo ver al actual presidente francés humillado, pero sí creo que conviene a todos estos líderes pensar menos como príncipes del universo y sentirse, en cambio, como aquellos necesarios jardineros que preparan el terreno para que otros mortales lo cultiven y así aprovechen los frutos del trabajo. Eso les evitaría, como sucedió al cierre de la cita que acaba de finalizar en Londres, tener que recoger los sombreros que antes habían tirado al suelo.

 

LA SOCIEDAD EMERGENTE

   Andrés Pozuelo Arce

A pesar de la aparente tendencia al desorden que existe en la naturaleza , en el universo o los sistemas socioeconómicos (como los pares de medias en una gaveta), reinan un sorprendente orden en los sistemas complejos que observamos, siempre y cuando los observemos a distancia y sin intervenir en ellos. Las estrellas se agrupan en galaxias; las hormigas trabajan en conjunto en sus colonias; las especies interactúan formando ecosistemas; las neuronas coordinan, como luciérnagas en un arbusto, para producir el pensamiento; y los entes económicos intercambian bienes y servicios formando una infinita red de intercambio, o lo que conocemos con el nombre de economía. Vivimos en sociedades, dondedadas las condiciones necesarias emergen comportamientos sociales impredecibles pero increíblemente armoniosos. El orden emerge del desorden a nuestro alrededor, y solo nuestra intervención artificial como observadores y actores nos hace percibirlo bajo la forma de caos.

La sincronización es una característica persistente en el mundo de la materia y lo vivo. Hormigas individuales reaccionan a la manera de robots a las señales químicas de sus vecinos durante sus cortas vidas, mientras la colonia como un todo vive, madura y muere, semejante a un organismo autopoético que trasciende cualquier individuo.  Las células individuales y especializadas de nuestro cuerpo se comunican entre sí químicamente y se autodestruyen para que otras nazcan, pero la entidad que es el “ser” no deja de existir hasta que muere como un todo, dejando espacio para que otros seres vivan. Asimismo, en el sistema socioeconómico, diferentes entes económicos actúan en busca de su propio bienestar, interaccionando con los demás consumidores, de lo que emerge un proceso económico sincronizado.  Inclusive la conciencia pareciera ser emergente de un aparente caos de neuronas que se comunican y retroalimentan a velocidades impresionantes, trabajando en coro a la hora de formar nuestra memoria y pensamiento.

A partir de este nuevo paradigma emergente, el reduccionismo clásico (entender al mundo, tratando de entender sus componentes) queda atrás, en el olvido. La autoorganización pareciera ser inevitable en medio de las interacciones de los vecinos inmediatos (partículas, células, seres vivos) y no debido a la intervención artificial de actores a distancia y sin la información apropiada. Los sistemas complejos son, por naturaleza, libres de tomar más de un camino predeterminado hacia el futuro, de tal forma que se desvían de la acción mecánica y predecible. Todas las organizaciones, comunidades, sectores económicos, economías regionales y otros entes globales resultan, en esencia, complejos.

Si esto es cierto, entonces lo que los economistas estatistas y políticos contemporáneos hacen y deshacen, con el propósito de manipular los procesos económicos y sociales, solo estaría aumentado la entropía de los sistemas e impidiendo la autoorganización emergente y sincronizada, necesaria para el bienestar del ser humano. Gracias a esta hipótesis, podríamos concluir –en consecuencia–  que la sociedad sincronizada emergente reclama un máximo de libertad y cercanía entre los individuos y, a la vez, una ausencia total de intervención de agentes políticos a distancia y ajenos a la comunidad.

   

LOS PINGÜINOS ESTÁN A SALVO

  Andrés Pozuelo Arce

En la actualidad, ya casi todos hemos oído hablar del calentamiento global y de lo malos que somos los humanos al contribuir con nuestras emisiones de CO2, metano y otros horripilantes gases invisiblesculpables, según los políticos y científicos alarmistas del inicio de una catástrofe sin precedentes, lo que podría significar una nueva gran extinción que incluya a nuestra especie. El tema ya pasó a formar parte de los tópicos de relleno de los medios de comunicación, a la par de otros temas trillados como la obesidad mórbida, la crisis alimentaria y, más recientemente, el fin del capitalismo salvaje. Una noticia de un importante periódico nacional dice: “14.000 KM2 de hielo se desprenden de la Antártida y esto podría subir el nivel de mar”. En dicho reportaje, la audaz reportera se refiere a un gigantesco iceberg que se desprendió en la Antártida. Sin importarle, claro está, el hecho de que el desprendimiento de un iceberg, y aún su derretimiento, no tienen por qué aumentar el nivel medio del océano, dado que éste ya se encuentra en el agua.

En imágenes elaboradas por el NSIDC (National Snow, Ice Data Center), a partir de datos obtenidos por los satélites de la NASA que se pueden ver en su Página Interactiva, se pueden leer las fechas para comparar la extensión de los hielos marinos. En los mapas satelitales, vemos la extensión del hielo en abril de 2008, donde se nota con claridad que es bastante mayor que el promedio histórico.

Cuando el hielo marino se extiende cubriendo al océano, se romperá siempre en los extremos más alejados de la tierra. Esto es conocido por los glaciólogos cómo calving o quiebre natural del hielo, algo completamente natural y que obedece a causas puramente mecánicas: el hielo que avanza desde la costa empuja al resto, mar adentro; se forma un balcón de hielo que flota sobre el mar y llega un momento en que el peso es demasiado grande para la resistencia del hielo. Entonces, se quiebra y los trozos caen al mar o se convierten en enormes témpanos que navegarán a la deriva durante meses o años, como el reciente desprendimiento de la Bahía de Wilkinson. El calor derrite al hielo; no lo quiebra.

Resulta obvio que no hay una pérdida general de hielo en la Antártica, sino una muy localizada. La pérdida de hielo que se observa en el suroeste de la Península Antártica se debe a una modificación en los patrones de vientos que ahora soplan desde el más cálido cuadrante noroeste. En todo el resto del continente blanco, se ha producido un gran aumento de la masa de hielo y un constante descenso de la temperatura durante los últimos 25 a 30 años.

El témpano de hielo más grande jamás visto fue el 12 de noviembre de 1956, avistado por el barco norteamericano USS Glacier. Medía 332 kilómetros de largo por 90 de ancho, el tamaño de Bélgica. Sucedió mucho antes de que las emisiones de CO2 humanas lo pudieran haber causado. Los pingüinos están más seguros ahora que nunca, a pesar de todo lo que los periodistas nos están malinformando.

 

LA LENGUA NO ES INOFENSIVA

                                                                                                Laurencia Sáenz*

 La lengua puede transformarse en fatal mordaza para el pensamiento

Condenado al cautiverio de una Judenhaus (palabra nazi que significa “casa de judíos”), Victor Klemperer vierte en el papel las gotas de su tinta obsesionada. “Observa, estudia, graba en tu memoria lo que sucede –pues ya mañana tendrá otra apariencia, ya mañana lo percibirás de otra manera–, retén la forma en que se manifiesta, y actúa”. Ya no es a sus admirados Voltaire, Montesquieu y Diderot hacia quienes fluye la mente de este filólogo, profesor de literatura de la Universidad de Dresde.

Desde que se lo expulsó de su cátedra y se le prohibió frecuentar las bibliotecas, confiscándosele así “la obra de [su] vida”, la lengua que emponzoña, la lengua alemana intoxicada por el nazismo, es su obsesión vital. Su diario, escrito durante los años del hitlerismo, es su “péndulo” salvavidas, el que le permite preservar su equilibrio psíquico y protegerlo del veneno de esa lengua que, día tras día, mata la consciencia humana. Lo que el papel de su testimonio absorbe, es la victoria de la inteligencia sobre la barbarie.

Testigo lúcido. Como Orwell y Primo Levi, Victor Klemperer fue testigo lúcido de cómo el nazismo enfermó el alma de los hombres introduciéndole mortíferas dosis de su veneno a la lengua. La lengua, ese tejido híbrido entre materia y espíritu que nos eleva cuando entre sus hilos sopla la inspiración de la poesía, puede transformarse también en fatal mordaza para el pensamiento, y así asfixiarlo hasta aniquilarlo. “El nazismo se insinuó en la carne y sangre de la multitud a través de expresiones aisladas, de giros, formas sintácticas que se imponían a millones de ejemplares y que fueron adoptados de manera mecánica e inconsciente”. Fue primero por medio del idioma y de la abdicación del pensamiento sobre lo que este dice, como la masa se hizo insensible a la humanidad del otro.

Klemperer anota en su diario cómo la palabra “fanatismo” se impone progresivamente en discursos, artículos, libros y hasta esquelas mortuorias, hasta volverse omnipresente; pero, más importante que la frecuencia de su uso, es el cambio de valor que se le confiere. Observa que, mientras el siglo de la Ilustración estuvo marcado por la lucha contra el fanatismo, pasión irracional que se manifiesta ante todo en el campo religioso y en la que el ser humano se anula en su capacidad de pensar, el Tercer Reich, por el contrario, hizo del fanatismo un valor positivo, la virtud por excelencia del alma del pueblo alemán. Se habla de “elogio fanático”, “profesión de fe fanática”, “fe fanática en la victoria final”; Göring es celebrado como “el amigo fanático de los animales”; Goebbels, sobreabundando en “lo que ya no podía ser más objeto de sobreabundancia”, escribía en el Reich del 13 de noviembre de 1944 que la situación solo podría ser salvada por un “fanatismo salvaje”, como si el salvajismo, añade Klemperer, no fuera de por sí el estado natural del fanatismo.

Al violentar el uso del lenguaje, y desnaturalizarlo de la función esencial que desempeña en la constitución de la vida en común, el espíritu del nazismo preparó las condiciones para el deterioro mental de los hombres, y con ello contribuyó a aniquilar la única defensa que tiene el ser humano para discernir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto: su facultad de pensar.

Lenguaje y democracia. La filosofía griega, que floreció bajo la democracia ateniense, pensó el papel fundamental que desempeña el lenguaje en la vida de la comunidad política. Es bien conocida la frase de Aristóteles, según la cual el ser humano es, por naturaleza, un animal político; sin embargo, no es por el simple hecho de vivir en grupo –otros animales también lo hacen–, sino precisamente por estar dotado de lenguaje: “La palabra está para hacer patente lo provechoso y nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto a los demás animales es que él solo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto de otras cualidades semejantes, y la participación común en estas percepciones es lo que constituye la familia y la Ciudad” (Aristóteles, Política).

Para que se haga justicia en la sociedad, es primero necesario no solo que la palabra articule el concepto de justicia; hace falta, además, hablar el idioma de la justicia, de la rectitud, el cual radica en el razonamiento ordenado según las leyes de la lógica. Articular la palabra razonada, la argumentación respetuosa del orden lógico, en aras de definir los conceptos según los cuales se concibe la organización del vivir juntos, tal es la vocación del lenguaje en una democracia. La palabra es así la apertura dentro de la cual, a través de polémicas que entrañen desacuerdos y coincidencias, se constituye el espacio de sentido que nos une a la vez que nos separa, permitiéndonos de esa manera mantener una “justa distancia” los unos con respecto a los otros.

La justa distancia. Encontrar “la justa distancia”: con esa expresión, Hannah Arendt define el arte de vivir juntos. En efecto, no hay comunidad que se pueda construir sobre la base de individuos atomizados, entre los cuales no haya comunicación, que no estén unidos por determinados valores y por una tradición. Sin embargo, tampoco existe comunidad donde no hay separación entre los miembros de un grupo. Así el estado totalitario nazi disolvió el espacio político entre los hombres al anular la separación entre lo privado y lo público pues absorbió dentro de su terrorífica espiral todos los niveles de la existencia de quienes vivían bajo su yugo. El estado totalitario extendió sus tentáculos hasta secuestrar la intimidad de la consciencia del hombre, negándole la capacidad de ejercer su pensamiento, ese “diálogo silencioso del alma con sí misma”, como reza la hermosa expresión de Platón. Así, al cortar al individuo de ese vínculo esencial con sí mismo, se oblitera la posibilidad de entrar, con el otro, en un mundo de sentido compartido.

En los albores del siglo XXI, aun se proyectan sobre nuestras cabezas las sombras del lenguaje envilecido. Bajo las alas de otros rapaces que sobrevuelan amenazantes sobre la consciencia, se escucha el grito estridente del irrespeto al uso de la palabra. En Iberoamérica, el insulto y la verborrea vulgar y chabacana de Chávez, Correa y Ortega han enlodado el espacio de entendimiento entre los ciudadanos.

A quienes escuchan, ora indiferentes, ora divertidos, el desplante de vulgaridad que ha hecho irrupción en el discurso político, hay que recordarles: la lengua no es inofensiva. El principal peligro que pesa ahora sobre nuestro continente es que, con la atrofia de la palabra que vincula y del razonamiento que ilumina, muera, por largo tiempo, la democracia.

*Filósofa.  Su artículo fue originalmente publicado en el Periódico La Nación del 15 de marzo del 2009.

¿QUIÉN GOBIERNA EN COSTA RICA?

Rubén Hernández Valle*

 

Cada día se habla más de ingobernabilidad y para resolver el problema se sugieren soluciones que van desde la convocatoria a una Asamblea Constituyente, pasando por la reforma del Reglamento Interno de la Asamblea Legislativa, hasta cambios en las leyes que establecen tramitologías innecesarias.

 Sin embargo, en mi concepto, el principal obstáculo para agilizar la Administración Pública pasa por reformar la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y la Ley de Control Interno, las cuales otorgan excesivas potestades al órgano contralor en materias ajenas a su competencia constitucional, además de redimensionar las atribuciones de la Sala Constitucional, reformar el régimen del Servicio Civil y poner a los mandos medios en el lugar que les corresponde.

 El ensanchamiento de las competencias de la Contraloría por vía legal, le ha permitido a esta institución durante los últimos años, no sólo coadministrar sino, inclusive, cogobernar con las Municipalidades y los distintos Ministerios e instituciones descentralizadas. Verbigracia, en reiteradas ocasiones le ha indicado al MAG cuál debe ser el contenido de reglamentos técnicos y, en el año 2006 comunicó a la Presidencia de la Asamblea, al Ministro de Ambiente, Energía, Minas y Telecomunicaciones y al Presidente Ejecutivo del ICE, cuál debería ser el contenido de la Ley General de Telecomunicaciones cuyo proyecto de ley se encontraba en esos momentos en preparación. Ver para creer.

 Ni qué decir en materia de ordenación territorial de la zona marítimo-terrestre en que le imparte órdenes a las Municipalidades—que son los órganos constitucional y legalmente competentes al efecto—para anular Planes Reguladores y las  concesiones otorgadas a su amparo.

 La competencia constitucional de la Contraloría está fijada precisamente por los numerales l83 y 184 de la Constitución, la cual se resume en la facultad del órgano contralor de ejercer “la vigilancia superior de la Hacienda Pública”.

 Sin embargo, el órgano contralor al amparo de su Ley Orgánica y de la Ley de Control Interno ha extendido su competencia de fiscalización y control respecto de cualesquier tipo de materias, aunque no se refieran a la fiscalización propiamente de los fondos públicos.

 En consecuencia, lo que procede es realizar urgentemente una reforma tanto de la Ley Orgánica de la Contraloría como de la Ley de Control Interno, a fin de que el órgano contralor se encargue en lo sucesivo , de manera exclusiva, para lo que fue originalmente creado: ejercer la fiscalización superior de la Hacienda Pública, de manera que se deje de inmiscuir en la administración y gobierno de los demás órganos estatales, como lo hace en la actualidad entrabando todo el accionar el Estado costarricense.

 Respecto al entrabamiento que causa el accionar cotidiano de la Sala Constitucional, la situación es más compleja. Desde el punto de vista de reformas a la Ley de la Jurisdicción Constitucional, sólo cabría hacer dos: eliminar la consulta legislativa de constitucionalidad respecto de los proyectos ordinarios de ley y reformar el numeral 41 para eliminar la suspensión automática de los efectos de los actos impugnados.

 El resto de los problemas, como el cambio cotidiano sin ningún criterio técnico del recetario a la CCSS so pretexto de tutelar el derecho a la salud, la anulación de los EiA sin tener conocimientos en materia ambiental, el ordenar a las distintas Municipalidades e instituciones públicas la construcción de obras costosísimas, etc, no se puede solventar mediante reformas legales.

 Ello sólo se lograría si los Magistrados tomaren conciencia de que su competencia es estrictamente jurisdiccional y no política, de manera que no se inmiscuyan en asuntos para los que no tienen competencia profesional para opinar con propiedad--- verbigracia, medicamentos y estudios de impacto ambiental—o usurpen competencias otorgadas por el ordenamiento a los órganos políticos. Esto es lo que llaman los norteamericanos “self restraint”, que es una virtud ayuna totalmente en el accionar cotidiano de la Sala, que un día sí y otro también invade competencias constitucional y legalmente atribuidas por el ordenamiento a otros órganos estatales.

 Una tercera línea de reformas abarcaría el Estatuto de Servicio Civil. Este régimen, en la praxis, sólo sirve para otorgarles estabilidad laboral a los malos funcionarios. En consecuencia, se debe reformar para obligar a la recertificación quinquenal de todos los servidores públicos. De esa forma los obligaríamos a estar preparándose continuamente. Quien no supere la recertificación sería dado de baja con responsabilidad patronal.

 Además, los aumentos salariales se harían no por antigüedad sino más bien por resultados. Para ello, se harían evaluaciones individuales de todos los servidores públicos, del rendimiento del departamento al que pertenecen y, en última instancia, de la institución de la que forman parte. De esa forma los propios servidores públicos serían los mejores guardianes de la eficiencia de la Administración Pública, pues si su institución no funciona conforme a parámetros y metas objetivas fijadas anualmente, entonces no tendrían derecho  a los aumentos salariales anuales, que hoy día se otorgan automáticamente.

 Finalmente, hay que establecer que las jefaturas son de nombramiento discrecional del respectivo jerarca, para evitar que los mandos medios anquilosados, como ocurre en la actualidad, sean los que realmente manden dentro de las diferentes instituciones públicas. Es ilógico que el jerarca de una institución no pueda nombrar a personas de su confianza en las jefaturas de los mandos medios. Estos, al tener garantizada su estabilidad laboral, se han convertido en feudos dentro de la propia institución y por ello son quienes realmente mandan en el país.

 La respuesta a la pregunta formulada en el título de este artículo es muy simple y cae por su propio peso: la Contraloría General de la República, la Sala Constitucional y los mandos medios son quienes nos gobiernan en la actualidad.

 Las reformas legales citadas son más urgentes que modificar la Constitución, pues es necesario devolverle a los órganos de elección popular la capacidad de gobernar sin controles a priori que inciden no sólo sobre su accionar administrativo sino también sobre su discrecionalidad política.

 Sin embargo, pareciera que lo urgente posterga lo importante en Costa Rica. Posiblemente la mejor contribución de la presente Asamblea Legislativa al país sería realizar las reformas legales arriba indicadas. Los costarricenses quedaríamos muy agradecidos porque se trataría de reformas de fondo, que harían  el aparato estatal más eficiente y operativo.

 Además, es hora de devolver el ejercicio real del poder a los órganos representativos, es decir, a los que cada cuatro años elegimos para que nos gobiernen y terminar con la dictadura de órganos que no tienen origen en la voluntad popular.

  

*El Doctor Rubén Hernández Valle es abogado especializado en derecho constitucional. Este artículo fue publicado en el periódico La Nación el 17 de marzo del 2009.

 

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Puesto al día: 11 de diciembre del 2007