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Asociación Nacional de Fomento Económico ANFE Boletín Noviembre del 2007
ANFE: Electa la Junta Directiva para el período Noviembre 2007 - Noviembre 2008 Columna Libre - Los pobres son más pobres y los ricos son más ricos Aumentos de impuestos con los que todos pierden - Luis Di MareCutting the U.S.'s Corporate Tax Rate - VIDEO - Daniel J. Mitchell Tax Competition: A Liberalizing Force in the World Economy - VIDEO - Daniel J. Mitchell
ANFE: Electa Junta Directiva para el período Noviembre
2007-Noviembre 2008
El pasado 29 de noviembre tuvo lugar la Asamblea Ordinaria de la Asociación Nacional de Fomento ANFE en la cual fue elegida una nueva Junta Directiva integrada por las siguientes personas: Lic. Jorge Corrales Quesada - Presidente Dr. Juan Muñoz Giró - Vice Presidente Lic. Luis Diego Osborne Cortés - Secretario Sr. Luis Eduardo Jiménez Mora - Tesorero Ing. Andrés Pozuelo Arce - Vocal 1 Lic. Adrián Brenes Leiva - Vocal 2 Lic. Rodolfo Gurdián Moreno - Vocal 3 Dr. Rogelio Pardo Evans - Fiscal
PENSAMIENTOS DE LIBERALES
“La
riqueza es causa de la pobreza- una idea que debemos exorcizar, una idea que
ha reventado como luz enceguecedora en la mente de más de un joven radical y
que aún brilla para todos aquellos quienes buscan alguna alternativa al trabajo
duro, la desigualdad, el ahorro y el libre intercambio como formas para escapar
de las carencias. Mucho más fácil
es –en vez de aprender las duras lecciones que da mundo- simplemente
enfurecerse contra los ricos y hasta robarles. ¡Las fórmulas para la
expropiación son algo mucho más simple que la diligencia y el estudio! ¡La
propiedad es un robo! ¡Odia a la comunidad! La violencia es libertad. La realidad es opresión. Sin embargo, en todos aquellos
lados en donde prevalecen estas ideas, al pobreza persiste y hasta se expande.
En vez de que la riqueza sea causa de pobreza, es más cierto decir que
lo que causa pobreza es la creencia extendida de que la riqueza es la causa. George Gilder, Wealth and Poverty (New York: Basic
Books Inc., 1981), p. p. 98-99. “Para
que los recursos se dirijan hacia la generación de aquel producto total que sea
más valorado por aquellos que asignan esos recursos (en un mercado libre, los
consumidores) y para que la producción sea maximizada, entonces, las
desigualdades de ingreso, de estatus y de poder son inevitables. El trabajo debe
ser recompensado con ingresos y el ingreso ganado por cada trabajador debe
depender de cuánto trabajo realiza, de su habilidad y del valor que se le
otorga a ese trabajo. Las
destrezas, las habilidades, las inclinaciones y las oportunidades de trabajar
difieren, así como también difiere el valor económico del trabajo efectuado
y, por tanto, su remuneración. El
valor en el mercado depende de la escasez, de cuánto haya con respecto a su
demanda. Las escaseces difieren;
por lo tanto, también lo hacen los ingresos ganados por llevar a cabo los
servicios. La estructura socioeconómica
–la distribución de las desigualdades- siempre surge independientemente del
criterio de justicia moral que se use para juzgarla. Ernest
van den Haag, Confusion, Envy, Fear and Longing en Ibídem, editor, Capitalism:
Sources of Hostility (New York: Epoch Books for The Heritage Foundation, 1979),
p.p. 26-27. “Las
fortunas que produjo este sistema (de mercado en el cual la gente hace sus
propias elecciones) surgieron abrumadoramente del desarrollo de nuevos productos
o servicios o de nuevas formas de producir los bienes o servicios o de
distribuirlos ampliamente. La adición
resultante a la riqueza de la comunidad como un todo, al bienestar de las masas,
equivalía a muchas veces la riqueza acumulada por los innovadores… Es más,
en muchos casos al final las fortunas privadas fueron ampliamente dedicadas al
beneficio de la sociedad.” Milton y Rose Friedman, Free to Choose: a personal
statement (New York: Harcourt, Brace. Jovanovich, Inc., 1980), p. p. 138-139.
COLUMNA LIBRE LOS
POBRES SON MAS POBRES Y LOS RICOS MAS RICOS Debido
a la importancia que como forjador de opinión en el país posee el periódico
La Nación, vale la pena referirse a un conjunto de informaciones aparecidas en
su edición del domingo 18 de noviembre, el cual hace referencia al llamado décimo
tercer Informe del Estado de la Nación. El
titular de La Nación de ese día reza así: “Dispar distribución de la
riqueza provoca mayor violencia social”, supongo que con base en lo expuesto
por dicho Informe, de que ha empeorado la distribución de la riqueza en el país.
De tal forma lo asevera, en esa misma edición, el coordinador de dicho informe,
quien señaló que “los pobres hoy son más pobres y los ricos un poco más
ricos”. De
acuerdo con los datos de la Encuesta de Hogares que suele llevar a cabo el
Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), entre el 2005 y el 2006 se
redujo el ingreso de los hogares del quintil (el 20%) de más bajos ingresos, y,
si se compara el ingreso per cápita de cada familia con el nivel de ingreso de referencia
por debajo del cual se considera existe un estado de pobreza, sería factible
afirmar que la pobreza aumentó durante dicho lapso. Resulta que, de acuerdo con
el estudio del INEC antes mencionado, entre el año 2005 y el 2006 la pobreza más
bien se redujo, pues pasó del 21.2 a 20.2 por ciento de los hogares.
Es
que en este tema sorprende el embrollo que se hace de los términos económicos
empleados en el artículo principal de aquella fecha, cual es la confusión de
lo que se conoce como un flujo, el cual es diferente de un stock. Trataré de
explicar la diferencia entre estos dos conceptos en función de los no versados
en Economía. Uno aprende que un
flujo es muy diferente de un stock (o existencia), pues, mientras el segundo se
refiere a un cierto valor, medido en términos de una unidad monetaria en un
momento dado, por ejemplo de tantos colones, el primer concepto (el de flujo)
trata de un cierto valor por unidad de tiempo; esto es, tantos colones por día
o por mes o por año. Para entender
mejor estos dos conceptos, usaré un símil: mientras una piscina (llena de
agua) es un concepto de stock (tantos litros o galones de agua en ese momento
dado), el tubo que la llena (y el que la desagua) es un concepto de flujo
(tantos litros o galones por minuto o por hora, por ejemplo).
Así, la riqueza es un stock: de tantos colones en ciertos activos,
mientras que el ingreso es un flujo: tantos colones por mes. Por ello, observen
la definición que un conocido pensador hace de riqueza: “Consiste de activos
que prometen un flujo futuro de ingresos” (George Gilder, Wealth and Poverty,
New York; Basic Books Inc., 1981, p. 48). Esta
confusión de conceptos está presente en el Informe de marras, trascrito por La
Nación y reiterado por su coordinador: pues confunde riqueza, que es un
concepto stock, con ingreso, que es un flujo en el tiempo.
Ahora bien, ¿por qué es importante que esto se aclare? Porque de no
hacerse da lugar a confusiones y malas interpretaciones que terminan por
promover políticas a todas luces inconvenientes y hasta onerosas. Por
ejemplo, el periódico La Nación señala que (no conozco si la información
proviene del Informe de marras) “aunque el ingreso promedio de los hogares
subió…la desigualdad aumentó” y que ”según el Informe, el 20% más rico
de los ticos aumentó en 20 veces su ingreso en el 2006. El 20% más pobre subió
su ingreso 10 veces.” Y de seguido se cita a Miguel Gutiérrez Saxe,
coordinador del Estado de la Nación, quien basado en su informe asevera que
“Los pobres hoy son más pobres y los ricos un poco más ricos”. (Para
impactar, un recuadro del periódico la destaca como la frase del día).
Ustedes ya se habrán dado cuenta del enredo conceptual del Informe:
confunde la riqueza con el ingreso. La información que en él aparece se
refiere al ingreso y de ella podría deducirse que su distribución es, al
momento, menos igualitaria que en años previos, pero no puede decir nada sobre
la distribución de la riqueza, que es un concepto distinto e incluso no
exactamente medido en nuestra economía. Sobre
este tema agradezco a un buen amigo quien me brindó la siguiente información,
la cual pone en duda la relevancia de los datos acabados de citar.
Me indicó que, de acuerdo con el Informe del Estado de la Nación, en el
cuadro 1.1 de su página 55, “…la relación de ingresos entre los hogares
del décimo decil (el más alto) y los del primero (el más bajo)… pasó de
18.3 veces a 19.9, y en el caso del quinto quintil respecto del primero de 9.5 a
10” (p. 54 del informe de referencia). Esto,
evidentemente, es muy, pero muy, diferente de lo que aparece en las páginas de
La Nación. Además,
cuando La Nación indica que, presuntamente de acuerdo con el Informe, “el 20%
más rico de los ticos aumentó en 20 veces su ingreso en el 2006”, significaría
que si, por ejemplo, el ingreso medio de los hogares del quintil (el 20%) de
mayores ingresos relativos (no los más ricos) en el país en el 2005 era de,
digamos, un millón de colones al mes, en el 2006 sería de veinte millones de
colones (20 veces aquél millón), lo cual resulta ser increíblemente alto
(incluso si no se practicara el debido ajuste por el alza de la inflación en
ese lapso). La
lucha contra la pobreza sí se puede decir que se ha venido ganando en tiempos
recientes (ahora lo que falta es asegurarse que sea algo permanente y no
transitorio, pero ese es otro tema), lo cual se debe a que, como por ahí también
se menciona, la economía ha venido creciendo, entre otros factores.
Ya don Víctor Hugo Céspedes lo había explicado en ese mismo periódico,
el día 1 de noviembre, cuando se señala que “el crecimiento económico rápido
y sostenido de los últimos años ha permitido un incremento en el empleo y los
ingresos que explican la mayor parte de la reducción de la pobreza” entre el
2006 y el 2007, que, según informa ese mismo periódico, se redujo “de 20.2%
de los hogares en el 2006 a 16.7% este año”.
(Un hogar se considera pobre cuando el ingreso por persona no alcanza
para cubrir las necesidades básicas, que incluye alimentos y otras necesidades
como vivienda y salud). En otras palabras, resulta no ser cierto, a la luz de
los datos para el 2007, lo expuesto por La Nación al referirse a lo indicado en
el Informe del Estado de la Nación, acerca de que, “los pobres son hoy más
pobres y los ricos un poco más ricos”. No es que empeoró la distribución de
la riqueza, tampoco que aumentó la pobreza; si acaso, que empeoró la
distribución del ingreso. ¿Estamos claros? El
artículo del 18 de noviembre de La Nación trae a colación otro tema de suma
importancia. Dice que “uno de los
documentos utilizados para la elaboración de este último informe, estudia la
relación de la desigualdad con los delitos contra la vida y la propiedad” y
concluye en que “a mayor desigualdad se registró una mayor tasa de delitos
contra la vida y la propiedad” en el lapso 1986-2006.
No creo que este Informe del Estado de la Nación haya logrado, por el
uso de una simple correlación entre desigualdad en la distribución (del
ingreso, no de la riqueza) y tasas de delitos contra la vida y la propiedad,
hacer un descubrimiento que revolucione el conocimiento sobre este tema.
Por el contrario, lo que refleja es un elevado grado de simplismo al
hacer su análisis de un tema tan complejo como es el del crimen.
No puede adscribirse que la causa de mayor criminalidad en el país sea
un empeoramiento de la distribución de los ingresos, cuando los estudiosos de
estos asuntos abundan en exponer la multiplicidad de factores que, en un momento
dado, suelen incidir sobre un aumento de la criminalidad. Así,
me refiero a, por ejemplo, que el crimen puede ser resultado de la acción económica,
como lo expuso un importante trabajo del economista Gary Becker, en donde el
delincuente actúa con base en la comparación de los costos con los beneficios
del crimen, o bien puede encontrarse motivado por razones de pobreza, muy
distinto de una desigualdad en la distribución de los ingresos, factor que
también puede ser explicativo de la criminalidad.
Asimismo, puede originarse en razones de exclusión social, de
desigualdad de salarios (que también es diferente de una desigualdad de
ingresos), en antecedentes culturales o familiares, en los niveles de educación
o en muchos otros factores económicos y sociales que pueden incidir en el
crimen; tal vez hasta en un decaimiento de la calidad de nuestra educación pública
y de la educación, en general o, como me lo comentó el buen amigo a quien
antes me referí, ese aumento en la delincuencia podría deberse a una fuerte
inmigración concentrada en centros densamente poblados y caracterizados por
desequilibrios tales como hacinamiento, una pobre ambientación y problemas de
reacomodo. Estamos frente a algo posiblemente heterogéneo en su
causalidad y no como simplonamente lo pretende el Informe del Estado de la Nación,
que el reciente aumento en la criminalidad en nuestro país se debe a una más
desigual distribución del ingreso. No
sólo es desabrido ese análisis de una presunta correlación significativa
entre crimen y distribución del ingreso, sino a uno se le ocurre pensar que la
reducción habida en los niveles de pobreza del país bien puede, en contrario,
tender a disminuir el crimen. O que don Juan Diego Castro, quien ha mostrado con datos al
país el reciente aumento en la impunidad y el consiguiente abaratamiento de la
comisión de delitos, tiene razón en explicar ese aumento en la criminalidad a
resultas del cálculo de los costos y beneficios de ese delito. Lamentablemente, las reformas penales recientes bien pueden
haber constituido un estímulo para que, al reducir el costo del crimen dados
los beneficios para el delincuente, el negocio del crimen haya aumentado su
rentabilidad (si ni siquiera ya se denuncian los delitos, si cada vez se agarran
menos delincuentes, si son relativamente pocos los que van a juicio y, quienes
son condenados por delitos, al poco rato salen –y tal vez hasta ni se les
eleva a juicio pues, si roban menos de ¢250.000, eso se considera una bagatela
que no debe ser alzado a tribunales). Todo
parece indicar que ahora el crimen es una actividad económica más rentable que
antes y posiblemente tenga una mayor incidencia en la criminalidad que la
envidia a que puede dar el que a algunos –pocos si se quiere- les vaya mejor
que al resto de los conciudadanos. Dejo
para otra ocasión analizar si una distribución del ingreso igualitaria o menos
desigual puede incidir en los incentivos para que una economía capitalista
crezca sostenidamente. Esto podrá no gustarle a algunos, pero el tema de los
incentivos es algo del cual está totalmente ayuno, tanto el informe del Estado de la Nación, como el análisis que de éste
hacen los periodistas de La Nación. Finalmente,
debo comentar otras dos cosas que me reafirman en mi llamado a tratar estos
temas con sumo cuidado. Voy a transcribir unas pocas líneas del Editorial de La nación
del 18 de noviembre titulado “Desencuentros nacionales”.
El primer párrafo dice que “este año, al igual que los 12 anteriores,
el informe Estado de la nación nos
ofrece la oportunidad de observar el país desde una multiplicidad de
interesantes perspectivas, sustentadas en una sólida recopilación de datos y
análisis documentales...” Luego agrega que “entre esas mejoras e
importantes desafíos sociales y ambientales, se mantuvieron una serie de
“desencuentros”; entre ellos, la desigualdad y la pobreza…” para pocas líneas
después decirnos el editorialista que, “gracias a una mezcla de crecimiento
sustentado en adecuadas políticas macroeconómicas, al dinamismo del comercio
internacional, a los avances en ciertos “encadenamientos” productivos y a
una política social mejor orientada desde el Gobierno, este año logramos
reducir la pobreza en poco más de tres puntos porcentuales…” Entonces, ¿en
qué quedamos?; mientras se nos afirmó que se mantienen “desencuentros”
como la desigualdad y la pobreza, poco después señala los resultados en la
reducción de la pobreza. Lo
anterior se debe, en parte, a la confusión que hay en el periódico sobre una
serie de conceptos que aquí hemos tratado de aclarar, pero también puede
deberse al descuido con que se hicieron las cosas, al no aclarar debidamente que
lo consignado en el Informe del Estado de la Nación, se efectuó con datos del
2006, mientras que la información más actualizada al 2007 muestra lo señalado
en el segundo párrafo citado del Editorial: cuando el periódico dice “este año”
se refiere a dos años diferentes. Alguien podría pensar que el intríngulis se
debe a un apresuramiento por tratar de vender algo que puede inducir la compra:
el titular “Dispar distribución de riqueza provoca más violencia social”
puede ser que venda. Líneas
atrás aseveré que el mal trato dado al tema de la distribución del ingreso y
de la riqueza podría promover políticas inconvenientes y hasta dañinas. Lo
hice teniendo en mente lo que, en esa misma edición del periódico La Nación,
señaló, en una entrevista titulada “Solución es atacar causas”, la
vicepresidenta en ejercicio, doña Laura Chinchilla.
En ella los periodistas le preguntan: “¿Cómo se combate la causa?”
(de la pobreza), a lo que la politóloga responde: “si hablamos de desigualdad
se combate por dos vías: redistribución del ingreso por medio de estructuras
tributarias, donde el que más tiene más paga y más contribuye al desarrollo
del país. El que menos tiene,
menos paga y recibe los beneficios de la redistribución. Y por la vía del
gasto social que tiene que ir a nivelar esas desigualdades…” Lo
que doña Laura no analiza es si nuestra actual estructura tributaria sobre el
ingreso induce a redistribuirlo. Porque
quienes abundan con la cantinela “quienes más tienen, que más paguen”
suelen tener en mente la idea de que tan sólo es necesario aumentar la
progresividad del impuesto sobre la renta para asegurar que, efectivamente,
quienes más tienen sean los que más paguen, pero la verdad no parece ir por ahí.
Lo cierto es que hay un muy elevado grado de excepciones y exenciones que a
quienes más benefician es a los que pagan sus impuestos con tasas marginales más
elevadas. Si lo que se desea es
mejorar nuestro sistema tributario, un impuesto sobre la renta con tasas más
bajas y sin excepciones (o muy pocas) podría resultar más efectivo en reducir
esa desigualdad que tiene en mente doña Laura. Pero,
además, hay un error muy similar a la confusión entre ingreso y riqueza en que
cayeron el Informe del Estado de la Nación y el periódico la Nación.
Cuando se dice “quienes más tienen” se refieren a los que son más
ricos y no que a quienes perciben mayores ingresos relativos.
Me explico volviendo al ejemplo de la piscina expuesto a inicios de este
comentario. Un impuesto (mayor)
sobre la renta grava al agua que fluye por el tubo; reduce su diámetro por así
decirlo. De esta manera, ahora la persona no podrá llenar la piscina (hacerse
rica o más rica; esto es, “tener más”) con la misma fluidez de antes.
Pero los que ya tienen una gran piscina (los ricos) no necesariamente se
ven afectados, porque es posible que no tengan ingresos gravables altos.
Para entender esto: alguien muy rico, por ejemplo, un dueño de un
edificio (o de tierras), no necesariamente tiene ingresos altos, pues estos
resultarían de la diferencia de ingresos por los alquileres menos los gastos y
es posible que esa diferencia no sea necesariamente muy alta.
Por el contrario, un ingeniero joven, quien por hipótesis no es rico,
puede encontrar un empleo bien pagado (digamos en una Intel), con lo cual sus
ingresos son altos pero no (aún) su riqueza y tardará más en acumularla si el
Gobierno le quita una parte importante de esos ingresos por la vía de
impuestos; esto es, será menos rico con el paso del tiempo pues le han reducido
el flujo por el tubo. En
cuanto al otro elemento que doña Laura señala para combatir la desigualdad (la
vía de los gastos “sociales”) nada más hay que hacer varias reflexiones
para evaluar esa posibilidad. Tendría
que valorarse si el beneficio del gasto de esos recursos es mayor que el costo
por la disminución de esos ingresos a los ciudadanos que pagan los impuestos;
asimismo, debe pensarse en si ese transferencia de recursos de unos hacia otros
no es muy onerosa; por ejemplo, tomar en cuenta los recursos que el Gobierno usa
para lograr esa redistribución. También
ver quienes son esos beneficiarios, porque muchos de los llamados gastos
“sociales” no van directamente a las personas que tienen pocos ingresos o
poca riqueza, sino a los proveedores o vendedores y también a la burocracia.
Finalmente, pensar en que es posible que las personas a las cuales se les
redujeron sus ingresos por los impuestos, lo habrían invertido o gastado mejor
a como lo hace el Gobierno (por ejemplo creando empleo), con lo cual el reajuste
en el gasto puede dar lugar a una pérdida para la sociedad pues la economía
crecería menos que lo que podría hacerlo. Claro, nada de esto suena bonito,
como “que los ricos paguen como ricos y que los pobres paguen como pobres”
como suelen canturrearlo políticos y demagogos, entre otros. Pero sí nos
obliga a pensar un poco.
Carlos Federico Smith Queda
debidamente autorizado para reproducir esta columna en el medio de su predilección.
Aumentos de impuestos con los que todos pierdenLuis Di Mare H -
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