Asociación Nacional de Fomento
Económico ANFE
Boletín Marzo del 2007
Aspectos del Seminario "Nuestro Sistema Educativo"
Cursos cortos en ANFE
Pensamientos liberales
Discurso del Sr. Carlos Alberto
Montaner al recibir el premio "Tolerancia"
Columna Libre - La
Apertura del Monopolio del INS
Solidaridad: La verdadera
y la falsa - Adrián Brenes
ASPECTOS
DEL SEMINARIO
"NUESTRO SISTEMA EDUCATIVO"


Durante
el mes de marzo del 2007 se realizaron las tres reuniones del Seminario "Nuestro Sistema
Educativo". A continuación se muestran algunas fotografías de la primera
reunión, llevada a cabo el 15 de marzo del 2007 en el Hotel Radisson. Las otras
dos reuniones tuvieron lugar el 22 y el 29 de marzo


***

Panel
de la primera reunión del seminario "Nuestro Sistema Educativo". De
izquierda a derecha Señores Carlos Murillo, Álvaro Cedeño, Victor Buján y
José Abdulio Cordero


Dos
vistas del evento

Este mes de abril se abrirán los siguientes cuatro cursos de seis horas cada uno, una hora por
semana:
Cinco lunes
de 4.30 a 5.30 p.m.
OCCIDENTE
EN UN MUNDO MULTICIVILIZATORIO
Prof. Luis Fernando
Araya
Cinco martes
de 4.30 a 5.30 p.m.
QUÉ
ES EL DINERO Y CUÁL EL PAPEL DE UN BANCO CENTRAL
Prof. Juan Muñoz
Cinco
miércoles de 4.30 a 5.30 p.m.
TRAYECTORIA
DEL PENSAMIENTO LIBERAL
Prof. Jorge Corrales
Cinco jueves, de 4.30 a 5.30
p.m.
CAUSAS
NO ECONOMICAS DE LA POBREZA
Prof. Luis Carlos Ramírez Zamora
...........................................
Lugar: Local
de ANFE en Barrio Fernández Peralta, frente al costado de la Iglesia
Sagrado Corazón.
Valor: 10.000
colones cada curso
Inscripción abierta a todo
interesado. Tel.
376-19-47 y 253-44-60 FAX:
253-44-97

PENSAMIENTOS DE LIBERALES
Sobre
la reciente decisión de China de dar estatus legal a la propiedad privada:
“Desde su reforma y apertura, la economía se ha venido desarrollando rápidamente,
han mejorado los estándares de vida de la gente y con cada día que pasa ha
venido creciendo la propiedad privada… y ella requiere urgentemente de una
protección efectiva de su propiedad legalmente acumulada por medio de su duro
trabajo.”
-Wang
Zhaoguo, Vicepresidente del Comité Permanente del Consejo Nacional del Pueblo
(la Asamblea Legislativa China).
“Aunque
es probable que esto no se publique, desde el año 96 hemos insistido que el
gobierno no necesita nuevos impuestos para financiar su déficit. Debe cobrar
los actuales, eliminar la evasión, revisar su gasto.
El
efecto de la contabilidad creativa lo ha logrado eliminar gracias a la creación
de su CAJA UNICA. Felicitaciones, pero falta una cosa: EL BCCR NO NECESITA
DINERO. Su déficit es ficticio. ¿Por qué no nos dicen a quien le deben este
dinero? ¿Por qué no consideran que ya los costarricenses hemos pagado esto con
la inflación? ¿Por qué quieren quitarle recursos al gobierno para, ahora sí,
justificar nuevos impuestos?”
-Luis
Carlos Peralta Ballester, profesor de la escuela de Economía de la Universidad
de Costa Rica.
Si
existe tal cosa como el deber o algo como la felicidad; si hay alguna diferencia
entre la conducta buena y la mala; cualquier distinción entre la virtud y el
vicio o entre la sabiduría y la estupidez: En resumen, si hay tal cosa como la
perfección o la imperfección que correspondan a los poderes racionales que
constituyen los agentes morales; o si los disfrutes y las búsquedas admiten de
una comparación; debe reconocerse necesariamente que una buena educación
significa el cuidado apropiado de instruir tempranamente en la ciencia de la
felicidad y del deber; o en el arte de juzgar y actuar con corrección en la
vida. Cualquier otra cosa que uno pueda haber aprendido, si con tal educación
uno entra al mundo y lo maneja como un simple extraño, poco familiarizado con
la naturaleza, rango y condición de la humanidad y con los deberes de la vida
humana (al menos en sus circunstancias más ordinarias), ha perdido el tiempo:
no está educado; no está preparado para el mundo; no está calificado para
formar parte de la sociedad; no está adaptado para llevar a cabo los asuntos
propios del ser humano.
Por
ello, el camino para juzgar si una educación es buena o no, radica en
compararla con este fin; o en considerar qué hace para lograr que los jóvenes
escojan y se comporten bien en las diferentes condiciones, relaciones e
incidentes de la vida. Si la educación está calculada y adaptada para brindar
tempranamente a las mentes jóvenes el conocimiento apropiado para su guía y
dirección en los principales asuntos del mundo y en las principales vicisitudes
a las cuales están sujetos los asuntos humanos, entonces, es en efecto una
educación correcta o apropiada. Pero
si tal enseñanza no tiene como objetivo principal, al cual se supeditan todas
las demás lecciones, en lo que se llama el instituto de la juventud, entonces,
o el arte de vivir y de actuar bien no es el asunto más importante del hombre,
o es que se desatiende lo que debería ser el fin principal de la educación
y se le sacrifica por algo que tiene una importancia muy inferior.
-George
Turnbull, Observations upon Liberal Education, in All Its Branches
(Indianapolis: Liberty Fund, 2003), p.p. 171-172; originalmente de London:
Printed for A, Millar, 1742).

Discurso
del Sr. Carlos Alberto Montaner al recibir el premio Tolerancia del gobierno
regional de Madrid
La definición más urgente y precisa de tolerancia acaso sea ésta: la decisión
de convivir respetuosamente con aquello que no nos gusta, aunque tengamos la
capacidad potencial de suprimirlo o evitarlo. Ser tolerantes no significa que
aprobemos o aplaudamos costumbres y quehaceres que nos resultan incómodos,
desagradables o antiestéticos, sino que admitamos, melancólicamente, que la
vida es plural, diversa, cambiante, y que a los seres humanos sólo nos es
posible mantener la concordia y conseguir un cierto grado de felicidad si el
comportamiento que exhibimos se adapta a nuestras convicciones más íntimas.
Cuando se obliga al otro, por la fuerza, a que suscriba ciertos puntos de
vista o ciertos modos de vida, cuando se le impone una cosmovisión extraña,
se está cometiendo un terrible crimen contra la conciencia ajena.
Los seres humanos, para vivir en paz con nosotros mismos, necesitamos
un grado de coherencia interna. Necesitamos buscar o expresar libremente
nuestras creencias religiosas o nuestras dudas, nuestras particulares formas
de vestir o de disfrutar las expresiones literarias y artísticas. Necesitamos
satisfacer nuestras particulares curiosidades intelectuales, y manifestar,
también libremente, nuestras opiniones y nuestras preferencias afectivas: en
suma, necesitamos ser nosotros mismos sin impostar la voz, sin enmascararnos y
sin recurrir a hipocresías para sobrevivir.
No hay Estado, partido político, u organización ideológica o
religiosa que sepa mejor que nosotros mismos lo que queremos y lo que nos
conviene. No hay entidad capaz de tomar decisiones de ningún tipo en nuestro
beneficio mejor que las que podemos tomar nosotros mismos, incluso cuando nos
equivocamos, porque la libertad también incluye riesgos que deben asumirse
responsablemente. No hay ogro más dañino, en fin, que el filantrópico, como
señalara Octavio Paz, aquel brillante poeta mexicano distinguido con el
Nobel.
La libertad no es un lujo sino una imperiosa necesidad de la
conciencia. Cuando no somos libres, cuando nos obligan a fingir, cuando nos
imponen dogmas, rituales, libros sagrados, conductas e ideas contrarias a
nuestras verdaderas creencias personales, experimentamos una dolorosa
disonancia que, con frecuencia, se trasforma en una angustiosa sensación de
falsedad: nos convertimos en farsantes, y esa postura se transforma lentamente
en un hondo malestar psicológico, en neurosis, como señaló Carl Rogers, uno
de los psicólogos más importantes del siglo XX.
Desgraciadamente, todavía estamos muy lejos de vivir en un mundo
presidido por el respeto al otro. El siglo XX fue especialmente prolífico en
actitudes intolerantes. Cuando los marxistas prohibían libros y los fascistas
los quemaban, cuando los comunistas fusilaban “enemigos del pueblo” y los
nazis gaseaban judíos, esa conducta criminal se alimentaba de la fatal
combinación entre la certeza ideológica -la arrogancia del que cree poseer
una verdad única e indiscutible- y el rechazo a la diversidad. El que era
diferente debía ser extirpado violentamente del seno de la sociedad.
Cuando se ha incubado un
desprecio total por el que es diferente, surge fácilmente la intolerancia, hábilmente
camuflada tras un lenguaje patriótico, lo que permite maltratar sin
limitaciones al enemigo elegido, o aplastarlo si fuera necesario o,
simplemente, divertido. En mi país, en Cuba, para desgracia de los cubanos,
los gobernantes carecen de dudas. Han interpretado el pasado y el presente de
manera infalible. Han previsto el futuro de forma inequívoca. Todo lo saben,
y, por lo tanto, se sienten autorizados a exterminar a quienes se atreven a
disentir, como les ocurre a los demócratas que piden un gobierno abierto,
designado libremente por la sociedad en elecciones plurales como las que
existen en España y en los treinta países más felices del mundo.
Por estas fechas, se han cumplido cuatro años de la llamada
“primavera negra”, cuando 75 pacíficos demócratas de la oposición
fueron encarcelados y condenados a severas penas de hasta 25 años de cárcel
por escribir crónicas sin censura en periódicos extranjeros, prestar libros
prohibidos o solicitar una consulta electoral. De esas personas, sólo han
sido excarcelados unos pocos prisioneros: los que estaban más enfermos y,
además, gozaban de notoriedad internacional. El resto, que son casi todos,
permanecen encerrados en las peores condiciones, sometidos a palizas y
humillaciones constantes. Mientras tanto, las mujeres de la familia, las
dignas Damas de Blanco -representadas en España por Blanca Reyes, quien fue
una de ellas-, madres, hijas y esposas de los presos, cuando la ocasión
parece oportuna, recorren las calles silenciosamente pidiendo la libertad de
sus seres queridos mientras, a veces, son acosadas por las turbas organizadas
y enviadas por el gobierno.
Desgraciadamente, no son estos 75 los únicos presos de conciencia que
hay en el país. Las organizaciones de derechos humanos más solventes hablan
de unos 300, y algunos ya han cumplido hasta 15 años de privación de
libertad, dato que no debe sorprendernos tratándose de la dictadura cubana:
hace pocas semanas Mario Chanes, un ex dirigente sindical, murió en Miami.
Había cumplido en Cuba 30 años de cárcel en las condiciones más terribles.
Junto a Fidel Castro, había sido atacante del cuartel Moncada y
expedicionario del Granma, los dos hechos clave del movimiento revolucionario
creado por Castro. Pero Mario Chanes no era comunista y aborrecía la
dictadura, así que Castro fue especialmente cruel y vengativo con él, como
suele serlo con los amigos o subordinados que se atreven a contradecirlo.
No obstante, no todas las noticias que vienen de la Isla son malas.
Pese a que el rigor de la tiranía no cede, existe en la sociedad -incluidas
en ella la oposición y las zonas más lúcidas gobierno- la convicción
generalizada de que estamos en la última etapa de una larga pesadilla que se
ha extendido por casi medio siglo. Casi nadie cree que el comunismo podrá
sobrevivir mucho tiempo a la muerte del caudillo que lo impuso. Casi todos
piensan que un fracasado sistema, montado sobre las falacias del marxismo y
organizado de acuerdo con el ineficiente y ya extinguido modelo soviético, no
podrá prevalecer mucho tiempo en un mundo en el que han triunfado las ideas
de la libertad.
Por eso España es una referencia muy importante para los cubanos. Por
eso miramos ansiosamente hacia la Madre Patria: nosotros soñamos con una
transición pacífica hacia la democracia y la libertad, parecida a la que
supieron construir los españoles en el último cuarto del siglo pasado. Y soñamos
también, por qué no, con tener un día la oportunidad, en una Habana libre,
de devolver con un abrazo lleno de gratitud la solidaridad que nos han
brindado los buenos españoles, como estos que hoy, para ayudarnos en nuestra
lucha, han tenido la generosidad de otorgarme el prestigioso Premio a la
Tolerancia.

COLUMNA LIBRE
La
Apertura del Monopolio del INS
He
visto con interés y, ¿por qué no decirlo?, con sumo agrado, que los días del
monopolio del INS parecen estar contados. Como
todo monopolio resulta ser injusto, pues restringe la libertad elemental de que
dispone todo ser humano: la de poder elegir; de poder escoger libremente lo que
desea hacer con su dinero. Ese monopolio, que durante años ha limitado nuestra
libertad, así quedará sujeto a que el costarricense le beneficie con su
patrocinio o que escoja a otro proveedor de seguros.
Resulta paradójico que, a estas alturas de la historia de la humanidad,
Costa Rica sea de los pocos países del mundo que aún tiene un monopolio
estatal de los seguros, en donde se ha convertido a muchos ciudadanos en simples
delincuentes, pues han cometido el delito (como si no hubiera ya suficiente
criminalidad) de comprar algún seguro a empresas ubicadas más allá de las
fronteras nacionales.
Hubiera
preferido un INS privatizado (y, antes de que alguien piense mal, no pido que se
haga mediante actos corruptos), pero la alternativa presentada hace poco, de que
un INS reformado sea objeto de competencia, se supone que beneficiará a los
consumidores nacionales. Esta
apertura al menos permitirá evaluar, con el paso de los años y bajo
competencia efectiva, si los recursos escasos de que dispone el Estado se
destinen a mantener una actividad aseguradora –supuestamente ahora bien
provista por empresas privadas- en vez de dirigirlos a labores propias de un
estado moderno, como podrían ser la seguridad, la educación y la salud de la
gente.
En
primer lugar, en una sección de su artículo 119 se lee así: “El Instituto
(Nacional de Seguros) contará con la garantía y las más completa cooperación
del Estado y de todas sus dependencias e instituciones”.
Con ello viene a la mente si el Estado garantizará todas las pólizas
(como sucede con los depósitos a la vista en el campo bancario), la totalidad
de la actividad del INS o sus resultados económicos.
Como está redactado el proyecto, simplemente se da un sesgo en contra de
la competencia, pues esa garantía es sólo para el INS (no debería serlo para
nadie) y excluye al resto de empresas privadas que prestarían el servicio. Si
el proyecto era para que hubiera un INS compitiendo en igualdad de condiciones
con otras empresas aseguradoras, pues desde el inicio se nos está mintiendo.
En
segundo lugar, una forma de evitar que haya competidores es creando costos de
entrada al mercado. Los requerimientos de capital tan elevados que se proponen
en el proyecto de Ley de marras son fuertes indicadores de que, en realidad, no
se desea que surja una verdadera competencia y, si acaso, que sean pocos los que
den el servicio, lo cual incitará a la colusión en contra de los consumidores.
Según su artículo 16, el capital requerido va de, más o menos, 8 millones de
dólares a 40 millones, según sea la actividad aseguradora a que se dedique la
empresa. A estos montos se le suma una suma indefinida llamada capital
regulatorio requerido, que, según el artículo 17 del proyecto, “deberá
reflejar el monto de capital necesario para cubrir todas las obligaciones de la
entidad dentro de un horizonte de tiempo determinado…” en donde el “Consejo
Nacional de Supervisión definirá reglamentariamente el requerimiento de
capital regulatorio para las entidades aseguradoras y reaseguradoras. Definirá
también los activos admisibles para su cobertura.”
En
tercer término, para permitir que una empresa opere, si a lo anterior se le
adicionan otros requisitos como, por ejemplo, de personal (tener un defensor del
asegurado, un contralor normativo, entre otros) o bien que cumpla con
obligaciones onerosas, como obtener y mantener una calificación de riesgo de
una calificadora reconocida por la SUGEVAL, su instalación no se va a dar y, si
se diera, probablemente con una cantidad muy limitada de firmas, dando así
lugar a una falta de verdadera de competencia.
En
cuarto lugar, según el Transitorio X del proyecto de Ley, al INS se le autoriza
“para
capitalizar las utilidades líquidas que por ley deba girar al Estado
correspondientes a los cinco períodos anuales siguientes a la aprobación de
esta Ley. Lo anterior a efectos de capitalizar el requerimiento de capital mínimo,
de capital regulatorio, el contenido financiero de los activos del Cuerpo de
Bomberos y en general para prepararse financieramente a cumplir con los
requerimientos de esta Ley y afrontar las nuevas condiciones de mercado.”
Esto es, al INS se le da un plazo de cinco años para cumplir con los
requisitos de capital, mientras que a las empresas privadas que ingresen al
mercado se les exige su inmediatez, pues de no disponer de ello no se le daría
el permiso para operar.
Obviamente se trata de una discriminación clara en contra de la
competencia potencial, que enfrenta así mayores costos para entrar a operar.
En
síntesis, nos lo diría Shakespeare: Ser o no ser.
La propuesta no posee las condiciones para decir que es una apertura con
competencia. No se cumple con el principio enunciado en la presentación del
proyecto de Ley: “Hoy
en día, la realidad es muy distinta a la de 1924, la globalización y la política
en materia comercial del país generan necesidades de aseguramiento compatibles
más bien con un mercado en competencia, mercado en el que el INS con su poderío
económico y técnico cumpliría sin duda un rol predominante.” Más bien, se
intenta mantener un INS con poca y debilitada competencia. Una vez más no se
tiene presente, en su verdadera dimensión, el valor y el interés del
consumidor, sino tan sólo con cumplir con las apariencias. Este proyecto debe
reformarse en la Asamblea Legislativa, de manera que en realidad surja la
competencia y no sea un simple atavismo o una acción que sencillamente se toma
para cumplir con algún requisito contractual internacional. Los consumidores
merecemos lo mejor y no una falsa solución de libertad frente al monopolio.
Carlos Federico Smith
Queda usted debidamente autorizado para reproducir
esta columna en el medio de su predilección.

Solidaridad:
La Verdadera y
la Falsa
Por: Adrián Brenes
En Costa Rica, país predominantemente cristiano, el valor de
la solidaridad tradicionalmente ha estado muy presente en el corazón de sus
habitantes. Ello implica que el amor al prójimo, enseñanza que Jesucristo
subrayó con especial énfasis, nos ha motivado a ayudar a los menos
favorecidos.
Cuando un cristiano se encuentra con un prójimo en
necesidad, sus convicciones lo llevan a hacer algo según sus capacidades;
incluso invita a otros y muchas veces forman una verdadera cadena de apoyo
solidario. Esta invitación la fundamenta en otro valor cristiano, el libre
albedrío, por lo que respetando ese principio se limita a intentar convencer
sin coaccionar.
Así es como en Costa Rica se solía amparar al
menesteroso, auxiliar al enfermo y proteger al huérfano. Asimismo, como la
colaboración dependía del juicio de los demás, la gente se cuidaba mucho de
no abusar de la buena fe de sus vecinos. De esto se trata la solidaridad.
Empero, con el tiempo, las ideas socialistas fueron
minando la solidaridad cristiana. Los promotores de esta ideología se
consideraban capaces de diseñar un gobierno omnipotente, capaz de resolver
todos los problemas del hombre. De ahora en adelante, el Gobierno nos daría a
todos trabajo, educación, salud y riqueza. Los funcionarios estatales elegirían
a quién ayudar y de qué forma brindar esa ayuda. Sin embargo, para que el
Gobierno intentara resolver estos problemas necesitaba recursos: se comenzó a
cargar a los ciudadanos con impuestos. Los efectos de este proceso se pueden
apreciar de manera diferenciada en tres grupos más o menos delimitados.
Los funcionarios gubernamentales encargados de quitar
los recursos a unos ciudadanos para dárselos a otros escogían los
beneficiarios en función de aspectos muchas veces arbitrarios. Esto fomentó el
compadrazgo entre funcionarios y beneficiarios. Muchos beneficiarios comenzaron
a ser escogidos en función de que ayudaran, al menos con sus votos, a
perpetuarse en el poder a los partidos políticos de los funcionarios. Además,
muchos de los recursos originalmente destinados a los beneficiarios comenzaron a
quedar en manos de los funcionarios en la forma de privilegios laborales,
consultorías innecesarias, etc.
En los beneficiarios, además, se generaron incentivos
para no salir de la pobreza, no ahorrar para la educación o la salud, etc. En
suma, se fueron generando incentivos para no salir de la condición de
beneficiario.
Los contribuyentes, coaccionados por el gobierno,
comenzaron a perder incentivos para generar una riqueza que, de por sí, les iba
a ser arrebatada y que les iba a servir, entre otras cosas, para ayudar al prójimo
de la forma que mejor les pareciera. (Recuérdese que la gente más rica
usualmente destina grandes recursos a ayudar a sus semejantes: es fácil asociar
la lista de los más ricos con las fundaciones más colaboradoras.) El
crecimiento de los recursos para salir de la pobreza se fue frenando. Y lo que
es peor: ahora cuando alguien veía a un prójimo en necesidad, ya no tenía por
qué sentirse obligado moralmente: para qué ayudar si ahora era asunto del
gobierno.
Resumiendo, en Costa Rica como en el resto del mundo, la
re-distribución gubernamental no ha sido mas que una pálida imitación de la
auténtica solidaridad. La historia es clara: más gobierno atacando la pobreza
paradójicamente significa más pobres.